Al final de cada día, más de 60 menores se van a dormir dentro de una cárcel en Honduras, no porque ellos hayan cometido un delito, sino porque a su corta edad deben arrastrar las consecuencias de los delitos cometidos por sus madres, quienes permanecen privadas de libertad.
Todo ocurre dentro del centro de la Penitenciaría Nacional Femenina de Adaptación Social (Pnfas), ubicada en el valle de Támara, Francisco Morazán, donde los niños de entre cero y cuatro años viven una realidad poco conocida por la sociedad hondureña.
En las instalaciones del centro penitenciario, las madres de estos niños, muchas de ellas a la espera de su condena, se acloparon ya a la vida de reclusas. Dentro del lugar en el que guardan prisión cuentan con aulas de estimulación temprana, especializadas para mujeres embarazadas, así como piezas para capacitaciones sobre temas como el cuidado y la alimentación para los menores.
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Dentro de la Pnafs también hay un médico pediatra, quien lleva el control de vacunas y colabora con la atención diaria de los niños. Por su parte, las madres cuentan con la atención de una ginecóloga.
La triste realidad de los niños

Los menores viven los primeros cuatro años de su vida con su mamá, dentro del centro penal.

Los niños son separados de sus madres cuando cumplen los 4 años de edad, a esa edad son entregados a la familia de la reclusa o a las autoridades del Dinaf, en casos de la ausencia de parientes.

Los niños cuentan con espacios acondicionados para jugar, y ellos los disfrutan al máximo, pues su inocencia les impide darse cuenta que se encuentran dentro de una prisión, ya que hasta esa edad es el único lugar que han visto sus ojos.

Las madres comparten con sus hijos en las diferentes actividades que desarrollan dentro del centro penitenciario, donde se celebran las fechas especiales, como el Día del Niño.
Esta es la realidad de los menores que, sin darse cuenta, pagan una condena sin siquiera tener noción de lo que significa cometer un delito.

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