Cada fin de semana, al caer la tarde-noche, el cerro El Berrinche deja de ser el testigo mudo del acontecer en Tegucigalpa y Comayagüela para convertirse en el punto de reunión de motociclistas y mototaxistas de las ciudades gemelas.
El empinado cerro y la infraestructura que se construyó para mitigar el riesgo de que se forme un dique en el río Choluteca, y evitar una inundación desproporcionada como la ocurrida en 1998 durante el huracán Mitch, se transforma en una pista.
El desvío, adornado por un arco de neumáticos, es el preámbulo del rugir de motores que suena sin parar cuando más de 500 motorizados se reúnen para hacer piruetas, subir y bajar El Berrinche y brindar un espectáculo enmarcado por las vistas de la capital.
Otro universo se crea en El Berrinche
El equipo de tunota.com fue invitado a realizar el singular recorrido. Apenas a 500 metros de cruzar el desvío que separa el barrio El Porvenir del cerro, se ve una multitud que parece una enorme serpiente de cabezas y cuerpos esperando subir a la cúspide.
Caminar fue la única alternativa para llegar hasta las curvas transformadas en pistas, donde jóvenes y adultos brindan su espectáculo. Algunos se limitan a subir y bajar las calles pavimentadas, otros hacen piruetas como el popular "caballito" y otros suben solo a mirar y grabar.
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Mientras caminábamos por el borde de una cuneta que sirve como puente peatonal, nos encontramos con una pequeña de cinco años que llevaba una enorme paila de plástico como sombrero. Sonriente, nos dijo que ya había vendido todos los elotes que su mamá había preparado para vender.
Y esa pequeña no es la única comerciante de este popular punto de encuentro: a pocos metros hay un puesto de hot dogs donde, por solo 26 lempiras, sirven la cena a motoristas y visitantes.
Diversión en comunidad
Como nosotros, muchos grupos de curiosos suben a pie el cerro para llegar hasta las curvas donde sucede "la magia". Otros son motociclistas que llegaron tarde, se quedaron atrás y llevan sus motos a cuestas para cruzar la planicie hasta alcanzar la calzada y unirse al show.
De repente, una mototaxi hace una pirueta en dos ruedas y, tras ella, varias más bajan mientras el tintineo de sus luces incandescentes deslumbra a cualquiera.
El espectáculo parece irreal: una suerte de inmersión en "Rápidos y Furiosos", versión catracha, aunque aquí no hay autos modificados ni competencias a toda velocidad. Solo un grupo de jóvenes y adultos que comparten su pasión por las motocicletas y mototaxis y, claro, por vivir cerca de este cerro que se ha convertido en su punto de encuentro.

Cuando por fin llegamos a la curva final, nos detenemos un rato a ver la pericia de los pilotos cruzando las calzadas en una rueda, parejas que simplemente se unen al recorrido y familias que disfrutan del paisaje mientras viajan a bordo de las mototaxis.
Más allá del límite de la ley de vialidad, este espacio urbano se convierte en una oportunidad de esparcimiento que retrata la necesidad de la juventud de hacerse ver y de crear su propia tribu bajo la protección de un interés en común.
La aventura termina con nuestro equipo sentado a la orilla de una cuneta, comiendo pan blanco con frijoles y huevo, acompañado de un jugo de naranja que nos vendieron los comerciantes locales.
Y aunque hay muchas líneas grises en este multiverso urbano, todos valoramos que, incluso en medio de estos espacios considerados "zonas rojas", existan actividades que den la oportunidad de hacer una tregua y aprender a convivir en paz.
