Mientras el ruido de los buses, los vendedores ambulantes y el constante ir y venir de los miles de capitalinos domina las calles del centro histórico de Tegucigalpa, hay un pequeño rincón donde el tiempo parece haberse detenido.
Bajo la sombra de un frondoso e inmenso árbol y rodeado de estantes repletos de novelas, diccionarios, revistas y periódicos, se encuentra Juan Arévalo, un hombre de 75 años que ha dedicado seis décadas de su vida a vender algo que, asegura, jamás pasará de moda: la lectura.
Su kiosco, conocido por generaciones de capitalinos, lleva más de medio siglo instalado en el mismo lugar. Antes vendía principalmente periódicos pero hoy, los libros ocupan casi todo el espacio. Cada uno tiene una historia, y quien mejor las conoce es él.

Tengo 75 años edad y de venta llevo 60
Lo expresa con la serenidad de quien ha visto pasar el tiempo desde la misma silla donde aún recibe a sus clientes con el mismo entusiasmo que lo hizo el día que comenzó.
La vida sigue, los clientes pasan, pero don Juan sigue ahí...
Don Juan ha sido testigo de cómo el centro de la ciudad ha cambiado de rostro. Ha visto cerrar negocios, abrir otros, cambiar gobiernos y transformarse la forma en que las personas consumen información.
Sin embargo, su pequeño puesto continúa resistiendo, como si cada libro fuera una promesa de que todavía hay quienes prefieren pasar una página antes que deslizar un dedo sobre una pantalla.
Durante estos años no solo ha vendido libros; también ha conocido a cientos de personas. Recuerda que por su kiosco han pasado innumerables figuras reconocidas del país.
Aunque la tecnología ha desplazado buena parte de los periódicos impresos y los dispositivos móviles parecen haber conquistado el hábito de leer, don Juan asegura que aún existe un público que busca el placer de sostener un libro entre las manos y mientras exista una o dos personas que opten por la lectura, el seguirá ahí...
Leer enriquece pero también divierte

Los ejemplares que ofrece comienzan desde los 100 lempiras, una cantidad que, según él, puede convertirse en una inversión para aprender, imaginar o simplemente escapar de la rutina por unas horas.
Se aprenden varias cosas que uno no sabe y mantiene a la gente ocupada
Aunque todavía quedan algunos vendedores tradicionales en el centro de Tegucigalpa, admite que son cada vez menos quienes mantienen viva la costumbre de ofrecer periódicos y libros en las calles de la capital.
Pero mientras haya alguien dispuesto a abrir un libro, él seguirá esperando detrás de su kiosco rojo, ese que muchos han visto durante años sin detenerse a pensar que, entre sus estantes, también se conserva una parte de la memoria de Tegucigalpa.
Lea: Himno a Morazán: origen, letra, música y el legado del héroe nacional de Honduras
