La colonia Arnulfo Cantarero López dejó de ser una zona cualquiera de Comayagüela cuando la noche llegó acompañada del rugido de motocicletas y un pick-up rojo que, según testigos, avanzó como si llevara la muerte montada en sus asientos.
Eran cerca de las ocho de la noche cuando el sonido de los disparos comenzó a romper ventanas, silencios y cualquier posibilidad de escapar.
En cuestión de minutos, nueve personas quedaron tendidas sobre el pavimento, en una acera y dentro de una vivienda de dos plantas.
La escena parecía una guerra desatada en medio de un barrio donde hasta unas horas antes la vida seguía entre vendedores ambulantes, jóvenes conversando y vecinos intentando sobrevivir en una colonia golpeada por la violencia.
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Comayagüela y la calle donde quedaron los primeros cuerpos
Las primeras víctimas quedaron frente a la Escuela Nora de Melgar. Ahí, según los reportes de la época, seis personas fueron asesinaron a balazos casi al mismo tiempo.
Entre ellas estaba un vendedor de hot dogs, varios jóvenes y una mujer que quedaron tirados sobre la calle, mientras los disparos retumbaron en la colonia.
Los vecinos apenas alcanzaronn a asomarse por las ventanas. Algunos relataron después que los atacantes se movilizaron en dos motocicletas y un vehículo pick-up color rojo, desde donde comenzaron la persecución y el ataque armado.
La cantidad de disparos y la rapidez con que ocurrió todo hizo pensar desde el inicio que la matanza se planificó.
Los cuerpos quedaron distribuidos a lo largo de una cuadra, mientras el eco de las detonaciones golpeó el ambiente.
La calle se convirtió en una escena de horror improvisada. Los zapatos abandonados, los charcos de sangre y los gritos comenzaron a mezclarse con las sirenas policiales que en minutos rompieron el dominio absoluto que impusieron las balas.

Una casa convertida en escenario de muerte
A pocos metros de donde quedaron los primeros cadáveres, dentro de una vivienda de dos plantas, otras tres personas fueron encontradas asesinadas, entre ellas otra mujer.
La escena elevó todavía más el miedo entre quienes vivían en la colonia. Algunos vecinos aseguraban que después de la masacre volvieron a escucharse disparos.
Esto obligó a muchas familias a permanecer encerradas durante horas sin atreverse siquiera a salir a mirar lo ocurrido.
La Policía manejó en aquel momento la hipótesis de un conflicto por disputa de territorio relacionado con la venta de drogas.
Pero las investigaciones no lograron despejar completamente todas las dudas alrededor de la matanza.

El miedo que todavía sobrevive
Dieciséis años después, la masacre respira en la memoria de quienes escucharon aquella balacera interminable.
La colonia Arnulfo Cantarero López continuó su vida, pero la noche del ataque quedó incrustada como una cicatriz imposible de ocultar.
En Honduras, las masacres son una de las expresiones más brutales de la violencia. Detrás de cada escena quedan familias destruidas, niños marcados por el miedo y barrios enteros que aprenden a sobrevivir encerrándose temprano, bajando la voz y desconfiando de cualquier ruido en la calle.
Aquella noche, Comayagüela no durmió. La colonia quedó atrapada entre el olor a pólvora, las luces policiales y el silencio.
Y aunque pasan 16 años, en la Arnulfo Cantarero López todavía hay quienes recuerdan que hubo una noche en la que la muerte caminó libremente por sus calles.
