Lo esperaron donde nadie levantó sospecha. No fue en una calle oscura ni en un barrio sitiado por el miedo, sino en la Gran Central Metropolitana de San Pedro Sula, donde el movimiento constante borra cualquier señal de peligro. Ahí comenzó el secuestro.

El 8 de septiembre de 2024, el enfermero llegó sin saber que ya estaba marcado, una de las tres mujeres que fueron condenadas, lo aguardaba.

No hubo forcejeo ni ruido, solo un movimiento calculado, una puerta que se abre y una camioneta que lo traga. Desde ese instante, su vida pasó a tener precio.

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Un secuestro y el precio de una vida

Treinta millones de lempiras, esa fue la cifra que las ahora condenadas pusieron sobre la mesa para devolverlo con vida.

Desde la colonia Concepción de Choloma, donde lo mantuvieron retenido, comenzaron las llamadas.

No eran improvisadas, había mucha presión, insistencia, cálculo. La familia escuchaba la voz del miedo al otro lado de la línea.

Pero la negociación se quebró y los familiares lograron reunir 148,800 lempiras, una fracción mínima frente a la cifra exigida.

El dinero lo depositarion y aun así, no lo liberaron. Ahí quedó claro: no era solo un secuestro, era un mecanismo de control, de intimidación, de poder.

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Las tres mujeres que aceptaron bajo procedimiento abreviado su participación en el secuestro y ahora pagan condena. Foto: Ministerio Público.

Tres mujeres y una estructura

Con la condena de Aneth Anahí Tróchez se cierra el círculo sobre las tres implicadas. Antes que ella, en junio de 2025, Lucía Yanora Núñez Núñez y María Teresa Castillo ya habían aceptado su participación.

Las tres eligieron un procedimiento abreviado y admitieron su rol. "Las tres, según las investigaciones, formaban parte de la pandilla 18", dijo un agente antisecuestros.

No eran piezas aisladas, ellas eran parte de una estructura que no improvisa, que planifica, que ejecuta.

El rescate que rompió el silencio

Mientras el dinero cambió de manos y la incertidumbre crecía, fiscales de la Sección Contra el Delito de Secuestro y agentes de la Unidad Nacional Antisecuestros (UNAS) comenzaron a armar el rompecabezas.

Tres días después, la puerta que se cerró para el enfermero volvió a abrirse, pero esta vez con fuerza.

El allanamiento fue preciso y sin margen de error. Al enfermero lo encontraron con vida, ese momento no solo significó el rescate de una víctima, sino la caída de una célula que operaba bajo la lógica del terror.

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Hoy, las tres mujeres cumplirán condena en la Penitenciaría Nacional Femenina de Adaptación Social (PNFAS).

El caso parece cerrado en los expedientes, pero la pregunta queda abierta en la calle: ¿Cuántas estructuras más siguen operando con la misma frialdad, esperando en lugares donde nadie sospecha?

Porque en este caso, la vida tuvo precio y quienes la pusieron en venta, ya sabían exactamente cómo hacerlo.

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