El aeropuerto internacional Ramón Villeda Morales de San Pedro Sula se convirtió aquella tarde en una escena de guerra.
Los disparos rompieron la rutina de la terminal aérea y sembraron terror entre pasajeros que acababan de aterrizar, familias que esperaban a sus parientes y conductores que intentaron abandonar el lugar.
Cuando el estruendo terminó, seis cuerpos quedaron tirados frente a la entrada del aeropuerto.
El múltiple crimen ocurrió el 14 de octubre de 2011, era una tarde de viernes que quedó marcada en la historia como uno de los episodios más brutales de violencia.
Aquel día, el aeropuerto internacional de San Pedro Sula dejó de ser solo una terminal aérea y se convirtió en el escenario de una ejecución que estremeció al país y exhibió el nivel de poder que comenzaron a alcanzar las estructuras criminales.
Han pasado casi 15 años, pero Honduras aún recuerda aquella masacre como uno de los episodios simbólicos de la violencia criminal en el país.
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Un aeropuerto y la emboscada perfecta
Según las investigaciones policiales, el ataque se ejecutó con precisión. Los sicarios esperaron la llegada de Olvin Francisco Castro Guevara, quien arribó procedente de Miami junto a su esposa y sus dos hijos pequeños.
Las víctimas lo aguardaban en el aeropuerto y, tras abordar tres vehículos, fueron interceptadas en el carril de salida de la terminal aérea.
Las autoridades sostuvieron que varios hombres armados atravesaron automóviles para bloquearles el paso.
Luego descendieron y se identificaron como supuestos policías antes de obligar a los ocupantes a bajar de los carros.
Segundos después comenzó la ejecución, se contabilizaron 57 casquillos de armas de grueso calibre regados en la escena.
Los niños y la esposa de Castro sobrevivieron. Los demás hombres fueron asesinados frente a la mirada atónita de civiles que nunca imaginaron presenciar semejante matanza dentro del principal aeropuerto del norte del país.

La guerra entre bandas que ardía en La Ceiba
Desde las primeras horas de investigación, las autoridades comenzaron a hablar de una guerra criminal que se libraba en La Ceiba.
Las pesquisas apuntaban a un enfrentamiento entre estructuras delincuenciales conocidas como “Los Grillos” y “Los Pelones”, grupos que presuntamente disputaban territorio, rutas y negocios ligados al narcotráfico.
La hipótesis policial sostenía que el ataque fue una represalia dentro de esa pugna criminal que comenzó a escalar en la costa atlántica hondureña.
Entre los fallecidos figuraron René Fernando Mejía Toledo, Antony Nahum Martínez, Roberto Carlos Hernández Montoya, Edgar Noé Antúnez y Ramón Yuviny Mejía Lara.
El mensaje que dejó la masacre
Aquella tarde no solo dejó seis muertos. también hubo un mensaje brutal: el crimen organizado ya no tenía miedo de actuar frente a civiles, en espacios públicos y bajo la mirada del Estado.
La masacre expuso el poder de estructuras criminales capaces de montar operaciones relámpago, movilizar grupos armados y ejecutar ataques coordinados en uno de los puntos más vigilados del país.
Las investigaciones posteriores encontraron permisos de portación de armas entre las pertenencias de las víctimas e indicios de droga en algunos vehículos inspeccionados por agentes antidrogas.

El aeropuerto volvió a operar, pero Honduras no olvidó
Al día siguiente los vuelos continuaron y el aeropuerto retomó sus actividades normales.
Los pasajeros siguieron llegando y las maletas volvieron a rodar por los pasillos de la terminal.
Pero la imagen de aquellos seis cadáveres tirados frente al aeropuerto quedó clavada para siempre en la memoria colectiva de Honduras.
Porque aquella tarde de 57 disparos no solo convirtió el aeropuerto de San Pedro Sula en un cementerio.
También marcó uno de los momentos en que el país entendió que la violencia criminal había cruzado todos los límites.
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