A Luis Armando Ulloa Moncada lo identificaron las autoridades como violador serial en Tegucigalpa. Esta vez volvió a escuchar un veredicto de culpabilidad, en lo que constituye su cuarta condena, producto de la violación de una estudiante universitaria.
A ella la privó de libertad en un centro comercial y la sometió dentro de un vehículo turismo color oro, el mismo que utilizó para ejecutar otros ataques, según el Ministerio Público.
A la joven la dejó abandonada en un sector distinto de la capital, repitiendo el patrón que aterrorizó a más mujeres en los últimos años.
Modus operandi del violador serial en Tegucigalpa
La Fiscalía Especial de Protección a la Mujer (FEP-MUJER) presentó pruebas técnicas y testimoniales que confirmaron la responsabilidad de Ulloa.
El tribunal determinó que el agresor actuó bajo un mismo modus operandi: vigilar, retener, agredir y liberar en lugares alejados, dejando a sus víctimas marcadas por el miedo.
Aunque ya lo condenaron por los mismos hechos, la Corte de Apelaciones ordenó repetir el juicio.
La nueva condena reafirmó la culpabilidad del violador serial y amplió su horizonte de prisión.
Más de cuatro décadas tras los barrotes
Hasta ahora, Ulloa suma tres condenas firmes que alcanzan los 35 años de cárcel. Con este último fallo, su condena podría superar los 40 años, lo que lo sepulta aún más en el sistema penitenciario hondureño.
Desde 2018 permanece preso, y cada sentencia confirma que no volverá a caminar libremente por las calles de Tegucigalpa.
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Este caso representa un hito en la lucha contra la violencia sexual en el país. Cada condena contra Ulloa es también un mensaje de justicia para las mujeres a las que sometió con violencia.
La contundencia de las pruebas, más la perseverancia de la Fiscalía, permitió que el violador serial no quedara impune.
La historia de Luis Armando Ulloa Moncada es la de un depredador que aterrorizó a mujeres en la capital y que hoy se enfrenta a más de cuatro décadas de encierro.
Cada condena lo hunde más en la prisión y devuelve un poco de dignidad a quienes vivieron el horror de su violencia.
La justicia lo alcanzó y Tegucigalpa respira con un agresor menos en sus calles.
