Los sicarios no siempre llegaron rugiendo en una camioneta ni necesitaron irrumpir por la fuerza. A veces caminaban, otras aparecían en motocicletas, algunos ocultaban el rostro y hubo quienes utilizaron indumentaria asociada a la Policía.
Incluso podían entrar tranquilamente a un negocio fingiendo ser clientes. Era 2013 y Honduras atravesaba uno de sus años más violentos.
En medio de aquella ola de muertes, el Comisionado Nacional de los Derechos Humanos (Conadeh) documentó no solo cuántas matanzas ocurrían, sino también cómo actuaban quienes las ejecutaban.
El resultado dejó una radiografía inquietante, ese año se registraron 36 matanzas —hechos con cuatro o más muertos— que dejaron 180 fallecidos y 29 heridos.
En total, 209 víctimas, pero detrás de los números había un método que cambiaba de ataque en ataque.
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Sicarios sin un solo uniforme
Los sicarios podían llegar de distintas maneras y el Conadeh señaló que, generalmente, los victimarios de las matanzas actuaron como sicarios y que pocas veces los identificaron o capturaron.
Algunos cubrían sus rostros con pasamontañas y utilizaron chalecos antibalas. El informe también documentó casos en los que los atacantes portaban placas, uniformes y chalecos de apariencia policial.
La forma de movilizarse tampoco seguía una regla, había ataques perpetrados por hombres en motocicleta o camionetas, otros llegaban caminando.
El Conadeh incluso menciona el uso de bicicletas, no había una sola apariencia que permitiera saber quién venía a matar.
Y los expedientes de aquel año muestran hasta dónde podía llegar esa capacidad de sorprender.

Llegaron caminando mientras cuatro jóvenes conversaban
Era el 4 de diciembre de 2013, cuatro jóvenes estaban al final de unas gradas, cerca de un centro educativo en la colonia Policarpo Paz García de Comayagüela.
No huían, tampoco viajaban por una carretera solitaria, conversaban y hasta allí llegaron los victimarios a pie.
El reporte del Conadeh establece que los atacantes caminaron hasta donde se encontraban los jóvenes y dispararon contra ellos, los cuatro murieron.
No necesitaron una caravana para aproximarse. En otros ataques, la motocicleta hizo el trabajo.

Dos motocicletas detrás de un automóvil
Un mes antes, el 4 de noviembre de 2013, cuatro personas viajaban en un turismo por la carretera que comunica a la aldea El Carmen con San Pedro Sula.
Los atacantes eran cuatro y se desplazaban en dos motocicletas. Según el informe, comenzaron a disparar aproximadamente 200 metros antes de que el vehículo llegara al puente de la carretera pavimentada.
Las cuatro personas que viajaban en el automóvil murieron. Este es un ejemplo de cómo la moto permitía aproximarse, atacar y continuar la marcha.

Parecían clientes
El 2 de marzo de 2013 había una celebración dentro de un restaurante del barrio Las Palmas, en San Pedro Sula.
Era un cumpleaños y los hombres que aparecieron en el establecimiento no entraron mostrando inmediatamente sus verdaderas intenciones.
Según el expediente recopilado por el Conadeh, se hicieron pasar por clientes y una vez dentro ocurrió el ataque, que dejó cuatro muertos y varios heridos.
Después, los responsables abandonaron el lugar y huyeron en una motocicleta.
La escena resumía uno de los mayores problemas para reconocer a los sicarios: algunas veces el ataque comenzó mucho antes del primer disparo. Así comenzó el engaño.
El pasamontañas también formó parte del método
En otros lugares no hubo intención de ocultar que se trataba de un grupo organizado. Por ejemplo, la noche del 8 de julio, varios jóvenes conversaban en el sector conocido como Los Mangos, entre las colonias 3 de Mayo y Zapote Norte de Comayagüela.
A eso de las 8:30 llegaron hombres con pasamontañas y cinco jóvenes murieron en aquel ataque, cuatro en el lugar y otro posteriormente en el Hospital Escuela.
El rostro cubierto aparece repetidamente en la descripción que hizo Conadeh sobre quienes participaban en las matanzas.
Y no era el único elemento utilizado para ocultar la identidad, la apariencia policial podía añadir confusión.

Cuando podían parecer policías
El informe de 2013 advierte que algunos victimarios utilizaron elementos asociados a las fuerzas de seguridad, entre ellos placas, uniformes y chalecos antibalas.
No significa que todas las matanzas fueran ejecutadas de esa forma ni que los responsables fueran policías.
El dato revela otra cosa: la apariencia también podía convertirse en parte del engaño.
En El Pedregalito, Comayagüela, por ejemplo, el Conadeh documentó un ataque ocurrido el 15 de abril en el que hombres con los rostros cubiertos y chalecos antibalas se movilizaban en una camioneta negra.
El enfrentamiento dejó cinco muertos y otras personas heridas, pero algunas operaciones involucraban todavía más hombres.
Después del ataque venía otro problema
Los sicarios encontraron diferentes maneras de acercarse: podían caminar hasta sus víctimas, perseguirlas en motocicleta, aparecer en camionetas, cubrirse el rostro, utilizar elementos de apariencia policial o sentarse en un negocio como cualquier cliente.
Después venía la parte que Conadeh cuestionó con dureza, encontrarlos. El organismo señaló que los responsables pocas veces eran reconocidos y capturados.
Sostuvo que gran parte de aquellos hechos permanecía en la impunidad, señalando deficiencias en las investigaciones y en otros operadores de justicia.
Trece años después, las 36 matanzas de 2013 permiten mirar algo más que una estadística, permiten reconstruir cómo se acercaban los hombres que las ejecutaban.
A pie, en moto, en camioneta, con el rostro escondido o aparentando ser quienes no eran.
Cambiaba la forma de llegar, demasiadas veces, lo que se repetía era que después del ataque los sicarios conseguían desaparecer.
Aquel 2013 dejó 36 matanzas y 180 muertos, pero también una advertencia: los sicarios aprendieron a confundirse con el entorno. Para muchas víctimas, cuando descubrían quién había llegado, ya era demasiado tarde.
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