No siempre ocurre en la calle, no siempre es un desconocido. En Honduras, el abuso sexual infantil tiene un patrón inquietante y doloroso: ocurre cerca, dentro del entorno que debería proteger.

Cada día se reportan entre cuatro y cinco denuncias de abuso sexual contra menores de edad, según datos expuestos por el representante de Coiproden, Arnulfo Martínez.

Pero detrás de esa cifra hay una realidad más oscura: muchos casos nunca se denuncian, el silencio pesa más que la denuncia.

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El abuso ocurre dentro del entorno cercano

Martínez advierte que el agresor suele ser alguien conocido, una persona del núcleo familiar o de la comunidad. Esa cercanía no solo facilita el delito, también lo encubre.

“Los casos de abuso sexual infantil tienen una peculiaridad: están dándose dentro del hogar o dentro de la comunidad. Es alguien que está cerca”, explicó.

Esa proximidad genera miedo y los menores temen hablar por posibles represalias contra ellos o sus familias. Y ese temor se convierte en un muro difícil de romper.

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El miedo a denunciar oculta la verdadera dimensión

Las cifras oficiales apenas muestran una parte del problema. Según Coiproden, el número real de víctimas podría ser mucho mayor, precisamente por el silencio que rodea estos casos.

El miedo, la desconfianza y la normalización de ciertos comportamientos dentro del entorno familiar hacen que muchas niñas y niños callen.

No denuncian, muchos piensan que no cuentan, que no les creerán o que no pueden.

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Llamado urgente a la vigilancia y protección

Ante este escenario, el llamado es claro: no bajar la guardia. Martínez instó a madres, padres y cuidadores a reforzar la vigilancia y la protección de los menores, especialmente en entornos donde se confía “demasiado”.

“No podemos confiar en que se vayan solos a la escuela. Hay que vigilar a los menores”, advirtió.

También subrayó la necesidad de fortalecer las investigaciones para evitar que las víctimas pierdan la esperanza de justicia.

El abuso infantil no siempre deja marcas visibles, pero sí cicatrices profundas. En Honduras, el desafío no es solo detectar los casos, sino romper el silencio que los protege.

Porque cuando el agresor está dentro, el miedo también se queda. Y mientras ese miedo siga ganando, la verdad seguirá escondida.

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