El hondureño Santos Sánchez no tiene manos, pero tiene más fuerza de voluntad que muchos con todos sus miembros intactos. Su historia no comienza como un ejemplo a seguir, pero su presente sí lo es.

Una noche de copas le cambió la vida para siempre. Salió con sus amigos, como lo hacía con frecuencia, a cenar, tomar unos tragos y distraerse en la comunidad de Santa Lucía del municipio La Labor, Ocotepeque, occidente del país.

Pero la embriaguez se tornó en tragedia. Recuerda que sin discusión previa, sus propios amigos lo atacaron brutalmente a machetazos y le cercenaron las manos.

"Las perdí en un estado de ebriedad. Estaba tomado. Por eso dicen que no son buenos los vicios. Tomar malos caminos te lleva a cosas que uno no espera", recuerda Santos, con la serenidad de quien ha aprendido a perdonar y seguir.

Herido, sin manos, y desangrándose, Santos asegura que caminó unos 15 metros hasta caer junto a un río. Allí, en la arena, esperó ayuda entre el dolor y el miedo. Un amigo pasó horas después y, aunque no pudo levantarlo por estar recién operado, cumplió su promesa de buscar ayuda.

Finalmente, lo trasladaron al hospital de San Marcos de Ocotepeque y luego fue referido al Hospital Mario Catarino Rivas en San Pedro Sula.

Santos, del alcoholismo a la resiliencia

Hoy, Santos vive en el Hogar Hermanos Franciscanos de la Misericordia, en Copán, un refugio que ayuda a personas con problemas de alcoholismo y otras adicciones, liderado por el padre Leopoldo Serrano. Lejos de la amargura, se ha convertido en una inspiración para otros internos.

Sin manos, Santos lava ropa, rastrilla maleza, lava platos y hasta juega fútbol. "Me siento fuerte, como un guerrero", afirma.

En lugar de justificar su discapacidad, enseña a otros a no rendirse. A quienes aún coquetean con los vicios, les lanza una advertencia directa:"Piensen antes de embriagarse, antes de tomar otros vicios, porque luego es tarde".

Un testimonio que sacude conciencias

El padre Leopoldo compartió su historia en su página de Facebook No Matarás, donde cientos de personas han expresado su admiración por Santos. Un hombre al que la vida le dio una segunda oportunidad no para lamentarse, sino para levantarse y enseñar con el ejemplo.

Porque aunque perdió las manos, recuperó algo mucho más valioso: la fuerza de vivir con propósito.

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