El 6 de julio de 2016, Marcala se despertó con una noticia que desgarró a toda la comunidad. El cuerpo de Lesbia Yaneth Urquía Urquía, de 49 años, apareció cerca del basurero municipal con brutales heridas en la cabeza.
Un día antes, alrededor de las cinco de la tarde, ella salió de su casa en bicicleta para ejercitarse. Nunca regresó.
El hallazgo estremeció a su familia, amigos y vecinos. El asesinato de Lesbia no fue un hecho aislado: se trató de una mujer reconocida por su firmeza y su lucha en defensa del territorio lenca.
La vida de Lesbia Urquía
Lesbia formó parte del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh) desde 2009, cuando el país enfrentó la convulsión del golpe de Estado.
Desde entonces, se convirtió en una de las voces más claras contra la concesión de los ríos y la construcción de la represa hidroeléctrica “Aurora I”, en San José, La Paz.
Era madre de dos hijos, empresaria local con dos pequeños hoteles y un mercadito, pero sobre todo una mujer que no se calló.
Su voz se sumó a la resistencia contra la tala ilegal, los megaproyectos y la privatización de los bienes naturales.
El crimen y las versiones oficiales
El cuerpo de Lesbia mostró signos de violencia atroz: varios golpes en la cabeza con un machete.
El lugar del hallazgo, un basurero, buscó esconder lo que ocurrió. La policía manejó varias hipótesis.
Primero, un supuesto asalto por el robo de su bicicleta profesional; segundo, disputas familiares por propiedades o extorsiones vinculadas a sus negocios.
Pero para el Copinh, esas explicaciones no eran más que intentos de desviar la verdad.
En un comunicado, responsabilizaron al Estado y a las fuerzas de seguridad. Calificaron el asesinato como un “feminicidio político” que buscó callar a las mujeres que, con valentía, defendían sus comunidades frente a un sistema violento y desigual.
La huella de impunidad en Honduras
El asesinato ocurrió apenas cuatro meses después de la muerte de Berta Cáceres, también miembro del Copinh, asesinada en su propia casa en Intibucá.
La coincidencia generó un eco de miedo, pero también de resistencia. Organizaciones internacionales como Front Line Defenders condenaron el hecho y exigieron una investigación independiente.
Señalaron que los defensores en Honduras vivían bajo un clima de amenazas y ataques constantes.
Lesbia se convirtió en un símbolo de todo lo que estaba en juego: el derecho a la vida, al agua y al territorio.
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Lesbia Urquía: un legado que trasciende
A pesar de la violencia y del silencio que intentaron imponer, el nombre de Lesbia Urquía sigue vivo.
Su asesinato no apagó la causa, al contrario, fortaleció la convicción de quienes defienden la tierra en Honduras.
El basurero de Marcala, donde la encontraron, dejó de ser solo un sitio de desechos: se transformó en memoria colectiva.
Lesbia, con su bicicleta y su voz firme, representa la valentía de muchas mujeres hondureñas que se niegan a renunciar a su territorio y a su futuro.
Su historia pedalea en la memoria de un país que aún clama por justicia.
