No hicieron falta hombres armados bloqueando una carretera ni una camioneta cerrándole el paso. Bastó una llamada telefónica y una oferta de compra para poner en marcha un secuestro que solo existía en la cabeza de quienes recibían las amenazas.
Así comenzó la pesadilla para un empleado de una empresa distribuidora de baterías, de 37 años, quien salió convencido de que atendería a un cliente interesado en adquirir productos.
Nunca imaginó que el supuesto negocio era el primer paso de una estrategia diseñada para extorsionar a su familia y a su patrono.
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El secuestro y la venta que nunca existió
Los delincuentes citaron al trabajador en una zona rural de la aldea Loma Vista, en Santa Lucía, Francisco Morazán.
Cuando llegó al lugar, el supuesto comprador desapareció y en cambio, comenzaron las llamadas.
Le dijeron que había entrado en una zona controlada por una estructura criminal y que moriría si intentaba abandonar el sitio, buscar ayuda o comunicarse con alguien.
Aunque nadie lo mantenía amarrado, el miedo hizo el resto y mientras él permanecía inmovilizado por las amenazas, los delincuentes ejecutaban la parte más importante del plan.
El verdadero objetivo era el dinero
Con la víctima aislada y sin posibilidad de confirmar lo que ocurría, los responsables llamaron a sus familiares y a la empresa donde trabajaba.
La historia era simple y aterradora: aseguraron que el empleado estaba secuestrado y que solo volvería con vida si entregaban 300,000 lempiras.
El tiempo jugó a favor de los extorsionadores y cada minuto aumentó la desesperación de quienes creían que a un ser querido lo retenía un grupo criminal.
El miedo reemplazó las cadenas
Las investigaciones apuntan a una modalidad que rompe con la imagen tradicional del secuestro.
Aquí no es necesario encerrar a la víctima en una casa de seguridad, los delincuentes la engañan para que llegue por su cuenta a un sitio apartado y luego la someten mediante amenazas constantes, haciéndole creer que cualquier intento de escapar significará su muerte.
Con eso basta para mantenerla inmóvil mientras las llamadas de extorsión hacen su trabajo.

El rescate llegó antes que el rescate económico
La intervención de la Unidad Nacional Antisecuestros (UNAS) rastreó la ubicación del trabajador antes de que los delincuentes consiguieran el dinero.
Al empleado lo encontraron ileso y lo trasladaron a un lugar seguro, mientras el pago se frustró.
Las investigaciones continúan para identificar a quienes organizaron el engaño y realizaron las llamadas extorsivas.
Una modalidad que pone en la mira a los trabajadores
El caso deja una advertencia que va más allá de una empresa o de una víctima. Los investigadores establecen que esta modalidad aprovecha a vendedores, cobradores, repartidores y empleados que atienden solicitudes de clientes.
Los delincuentes crean citas falsas, los llevan a lugares aislados y utilizan el miedo como arma para convencer a familiares o patronos de que enfrentan un secuestro real.
La trampa no comienza cuando alguien desaparece. Comienza mucho antes, con una llamada que parece una oportunidad de negocio.
Y luego, termina convirtiéndose en una herramienta para exigir cientos de miles de lempiras.
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