En el Bajo Aguán, cada comunicado de prensa que denuncia el asesinato de un campesino refleja una herida abierta que no cierra. Allí, en la comunidad de Panamá, Trujillo, la Empresa Campesina Gregorio Chávez nació en medio del luto, tras la desaparición y asesinato de Gregorio Chávez en 2012.
Desde entonces, el nombre de esta organización se convirtió en bandera de lucha por la tierra y en blanco de una violencia que no cesa.
Las listas de asesinados son más que una cifra: son familias mutiladas, comunidades intimidadas y un movimiento campesino que no tiene más opción que resistir.
La violencia en el Aguán no solo arrebata vidas, también busca quebrar la esperanza de quienes, desde hace décadas, insisten en que la tierra debe alimentar a los pueblos.
Gregorio Chávez: tierra, palma y poder
El conflicto agrario en el Aguán no es nuevo. Su origen se remonta a la reforma agraria de 1974, cuando decenas de familias migraron al valle y se incorporaron a cooperativas como Plantel y Paso Aguán.
Cultivaron palma aceitera, maíz y frijoles, hasta que en la década de 1990 los terratenientes se apropiaron, mediante fraudes y amenazas, de las tierras campesinas.
Los campesinos tuvieron que elegir entre trabajar como jornaleros, regresar a su lugar de origen o recuperar lo que les arrebataron y eligieron la tercera opción.
Recuperaciones y desalojos violentos
En 2010 y 2012, más de 500 campesinos intentaron ocupar las tierras, pero fueron desalojados por militares y policías, refiere un informe del Centro de Estudio para la Democracia (CESPAD).
Un año después, la represión alcanzó su punto más alto: a Gregorio Chávez lo mataron y enterraron en una fosa clandestina dentro de una finca.
Su muerte dio nombre a la organización que mantiene viva la exigencia de reforma agraria.
La violencia nunca se detuvo. Policías dispararon contra campesinos, allanamientos ilegales y emboscadas armadas documentadas incluso por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que en 2014 otorgó medidas cautelares a varios dirigentes de la Gregorio Chávez.
Gregorio Chávez, la empresa campesina que resiste
A pesar de los desalojos y los crímenes, en 2017 la Gregorio Chávez logró asentarse en unas 1,200 hectáreas.
Allí producen palma aceitera, pero también cultivan yuca, plátano, frijoles, sandía y maíz.
Cada socio recibe ingresos según su labor, y la cooperativa invierte en salud comunitaria, apoyo en emergencias y pequeños bonos en festividades.
“No solo cultivamos la tierra, cultivamos la vida”, resume una de las socias, quien asegura que el sueño es construir una escuela para los hijos de los campesinos y mejorar las condiciones de salud y trabajo.
Bajo Aguán, una violencia que no cesa
El costo de esta resistencia es alto: más de 15 dirigentes asesinados, persecución judicial, órdenes de captura por “usurpación” y “daños”, y el desplazamiento forzado de familias enteras.
Solo entre enero y julio de 2025, cinco miembros de la empresa campesina fueron asesinados, confirmando que la violencia en el Aguán es una herida abierta.

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Territorio en disputa
La lucha de la Gregorio Chávez no es solo por tierra, sino también por democracia ambiental.
La expansión del monocultivo, el peso del crimen organizado y la omisión estatal convierten el Aguán en un campo de batalla.
Mientras la cooperativa resiste con cultivos y organización, sus socios entienden que la violencia no es un accidente.
La violencia se volvió, aseguran, parte de una estrategia de despojo que se prolonga desde hace décadas.
La Gregorio Chávez es más que una empresa campesina: es memoria, resistencia y esperanza en medio de la violencia.
Su historia es la de un pueblo que se niega a desaparecer, que siembra palma y maíz en tierras regadas con sangre campesina.
Pero es una empresa, son campesinas que dicen que solo quieren existir.
