Durante años, mencionar el Bajo Aguán, Yoro u Olancho fue hablar de territorios marcados por el miedo. Zonas donde el sonido de las armas, las disputas criminales y el control de grupos armados impusieron reglas distintas a las del Estado.

Allí, donde muchas veces la presencia policial llegaba tarde o no llegaba, ahora el gobierno lanza una de sus ofensivas más agresivas contra las estructuras criminales.

El ministro de Seguridad, Gerzón Velásquez, afirmó que en los últimos cuatro a cinco meses más de 30 estructuras criminales fueron “neutralizadas” mediante operaciones ejecutadas en distintos puntos del país.

La apuesta, según las autoridades, ya no se concentra únicamente en los grandes centros urbanos.

El foco ahora está puesto sobre territorios históricamente dominados por la violencia, el narcotráfico, las extorsiones y el control armado.

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El Estado entra al Bajo Aguán, Yoro y Olancho

Velásquez explicó que las operaciones se dirigen a regiones donde durante años el crimen organizado encontró terreno fértil para expandirse.

El Bajo Aguán aparece nuevamente entre esos puntos críticos. Es una región golpeada por conflictos agrarios, asesinatos, narcotráfico y presencia de grupos armados que durante años convirtieron la zona en uno de los escenarios más tensos del país.

A esa lista se suman Yoro y Olancho, departamentos donde las autoridades denuncian actividad de estructuras ligadas al tráfico de drogas, sicariato, lavado de activos y control territorial.

“Más de 30 estructuras criminales se neutralizaron”, aseguró el titular de Seguridad, al señalar que la estrategia busca atacar directamente a los grupos que mantienen mayor capacidad de violencia.

operativos
En estas zonas anunció el ministro de Seguridad se desplazan policías y militares para controlar a las estructuras criminales. Foto: Policía Nacional.

Pandillas, terror y reformas penales

La ofensiva también apunta hacia las pandillas, consideradas por el gobierno como una de las principales amenazas a la seguridad nacional.

Velásquez sostuvo que las reformas penales impulsadas buscan endurecer las acciones contra estos grupos e incluso catalogarlos como asociaciones terroristas.

La narrativa oficial intenta enviar un mensaje claro: recuperar territorios donde durante años el miedo tuvo más fuerza que la autoridad.

Pero detrás de cada operativo también aparece una realidad incómoda: Honduras enfrenta altos niveles de violencia, extorsión y presencia criminal.

Especialmente en comunidades donde la pobreza, el desempleo y el abandono estatal siguen abriendo espacio para que las estructuras ilegales se fortalezcan.

Olancho
Olancho es otra de las zonas intervenidas por las autoridades ante el repunte de violencia. Foto: Policía Nacional.

Una guerra que no termina

Las autoridades aseguran que el trabajo se desarrolla junto a las Fuerzas Armadas, el Ministerio Público, el Poder Judicial y el sistema penitenciario.

Sin embargo, en muchas comunidades la desconfianza persiste. La población ha escuchado durante años anuncios de capturas, operativos y “golpes históricos” contra el crimen.

Pero aseguran que las extorsiones, asesinatos y amenazas continúan marcando la vida cotidiana en sus comunidades.

El gobierno sostiene que los indicadores muestran una leve reducción en algunos delitos, incluidos los feminicidios.

La meta, según Seguridad, es cerrar el año con cifras menores a las registradas anteriormente.

Pero en territorios como el Bajo Aguán, Yoro y Olancho, donde el crimen aprendió a echar raíces profundas, la verdadera prueba no es solo entrar con patrullas y fusiles.

Será demostrar que el Estado puede quedarse y combatir de verdad al crimen.

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