La tarde transcurría entre risas y goles en una cancha de tierra en la aldea Salamá, Tocoa, Colón. Era uno de esos espacios donde, por un momento, la violencia parecía no tener cabida.
Allí estaban Maicol Tróchez y Eduardo Abrego, dos jóvenes que terminaron un partido y compartían con amigos, sin imaginar que ese sería su último encuentro.
Ataque directo en Salamá, Colón
Testigos aseguran que varios hombres armados irrumpieron en la cancha a bordo de un vehículo la noche del viernes. No hubo amenazas, ni palabras. Solo disparos.
Una ráfaga seca, brutal, dirigida únicamente contra Maicol y Eduardo. El resto quedó paralizado.
Ambos jóvenes cayeron heridos de gravedad. Aún respiraban cuando fueron subidos en vehículos particulares rumbo al centro de salud más cercano.
Sus familias corrieron con la esperanza de salvarlos. Pero la esperanza, esta vez, fue en vano.
El crimen que sacudió a Salamá
Horas después, se confirmó la tragedia: Maicol Tróchez y Eduardo Abrego no resistieron.
Murieron víctimas de una violencia que no discrimina edades ni lugares. Las redes sociales se llenaron de lamentos y oraciones.
“Dios dé consuelo a todos los corazones que están pasando este duro proceso”, escribió Lu Irías. Otro comentario, más duro, más desesperanzado, sentenció: “Es triste ver cuánta muerte a diario...”.
El dolor no solo es familiar. La comunidad entera de Salamá sintió el golpe. La cancha, símbolo de vida, se convirtió en escenario de muerte.
Impunidad: un monstruo cotidiano
Hasta ahora, no hay capturas. Las autoridades guardan silencio mientras las familias guardan luto.
En Colón, los homicidios suman 102 en lo que va del año, y muchos, como este, permanecen sin resolver.
La Dirección Policial de Investigaciones (DPI) reconoce que gran parte de los hechos violentos en el departamento están ligados a conflictos por tierra. Pero mientras se buscan causas estructurales, las víctimas se acumulan.
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Ni el deporte detiene las balas
La cancha debía ser un refugio. Un escape. Pero en Honduras, ni el fútbol garantiza seguridad.
La cancha donde Maicol y Eduardo fueron asesinados hoy está vacía. Ya no suenan los gritos de gol. Solo el eco de las balas.
Este crimen, como tantos otros, reclama justicia. Pero en un país donde la impunidad es regla, ese reclamo suele perderse entre el miedo y el olvido.
