La primera señal casi nunca es un disparo ni una llamada de emergencia, es el olor. Los vecinos lo reconocen porque ya lo han sentido antes. Después aparecen los zopilotes sobrevolando los matorrales y, finalmente, alguien se acerca lo suficiente para descubrir lo que todos temían: otro cuerpo abandonado. Así fue como volvió a activarse la alarma en un sector al sur de Tegucigalpa que con los años se ganó un nombre tan macabro como revelador: el “botadero de cadáveres”.

Allí encontraron sin vida a Esmelyn David Betancourt Verde, un joven de unos 25 años que trabajaba como ayudante de transporte y en labores de construcción.

Su cuerpo estaba dentro de bolsas plásticas, abandonado entre la maleza, siguiendo un patrón que las autoridades y residentes de la zona han visto repetirse durante años.

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¿Por qué le llaman “botadero de cadáveres”?

El apodo no nació de una leyenda urbana, con el paso del tiempo, el lugar lo identificaron por la frecuencia con que aparecían cuerpos abandonados en zacateras, matorrales y caminos de tierra cercanos.

Muchos de ellos los encontraron envueltos en sábanas, sacos o bolsas plásticas, en un intento evidente por ocultar evidencias y retrasar su identificación.

La mecánica suele ser similar, a las víctimas las asesinan en otro punto de la ciudad y posteriormente las trasladan hasta ese sector para deshacerse de los cuerpos lejos del lugar donde ocurrió el crimen.

Para los responsables, abandonar un cadáver allí representa una forma de borrar rastros.

Para los investigadores, en cambio, cada hallazgo es una pieza más de un rompecabezas marcado por la violencia.

desaparecidos
Algunos de los cuerpos hallados en este sector nunca son reclamados por familiares y, tras agotar los protocolos de identificación, son sepultados por Medicina Forense en fosas comunes. Foto: Ministerio Público.

El último caso: la muerte de Esmelyn David Betancourt

De acuerdo con sus familiares, Esmelyn David Betancourt Verde lo vieron por última vez el viernes, cuando salió de su vivienda en estado de ebriedad.

Sus parientes relataron que el joven residía en la colonia San José de La Peña por Arriba y que, tras desaparecer, nadie volvió a tener noticias de él.

Versiones recogidas por allegados sostienen que lo interceptaron varios individuos armados y lo llevaron contra su voluntad a una vivienda utilizada por pandilleros, conocidas popularmente como “casas locas”.

Posteriormente lo asesinaron y su cuerpo lo introdujeron en bolsas plásticas antes de trasladarlo al lugar donde finalmente lo encontraron.

El hallazgo ocurrió cuando vecinos alertaron a las autoridades tras percibir fuertes olores provenientes de unos matorrales.

Al llegar al sitio, agentes policiales confirmaron que se trataba del cadáver de un hombre.

botadero

Un patrón que se repite en la capital

Los hallazgos en este sector suelen compartir características similares. Las víctimas son, en muchos casos, jóvenes o adultos que previamente los reportaron como desaparecidos.

Los cuerpos los abandonan en este punto del sur de Tegucigalpa. Es una zona de poco tránsito y por lo general los descubren vecinos, conductores o transeúntes.

Detrás de estos crímenes suelen figurar disputas entre estructuras criminales, venganzas o ajustes de cuentas que terminan lejos del lugar donde ocurrieron los hechos.

El objetivo es simple: dificultar las investigaciones y borrar el rastro de los responsables.

Sin embargo, cada nuevo hallazgo provoca el efecto contrario, lejos de ocultar el problema, refuerza la fama de un sitio que se conoce por lo que los criminales intentan esconder: los cuerpos de sus víctimas.

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