No todos los pandilleros llegan a la cima. Ricky Alexander Zelaya Camacho, alias “Boxer Huber”, sí lo logró.
Durante años lo consideraron las autoridades como el máximo líder nacional de la Pandilla 18 en Honduras.
Pero su influencia no se construyó únicamente a través del miedo o la jerarquía. Quienes siguieron de cerca la evolución de la estructura lo identificaron como uno de los hombres encargados de reclutar, entrenar y organizar a las nuevas generaciones que alimentaron las filas de la organización.
Su historia comenzó lejos de las cárceles hondureñas y de los barrios controlados por la pandilla.
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Boxer Huber, el niño que creció en Los Ángeles
Zelaya Camacho nació en La Ceiba, Atlántida, el 3 de marzo de 1973. Sin embargo, cuando apenas tenía tres años, su madre lo llevó de manera irregular a Estados Unidos.
Fue en Los Ángeles, California, donde pasó gran parte de su infancia y adolescencia. Según registros citados por medios especializados en pandillas, ingresó al Barrio 18 cuando tenía apenas 11 años y esa decisión lo marcaría de por vida.
Mientras crecía dentro de la estructura, acumuló experiencia en las calles y, posteriormente, también en el sistema penitenciario estadounidense.
Estuvo recluido en la prisión estatal de Centinela, California, y al recuperar su libertad, en 2003, lo deportaron a Honduras. Pero no regresó solo: la pandilla viajó con él.

El hombre que ayudó a formar la 18 en Honduras
A diferencia de muchos integrantes de la organización, Boxer Huber llegó al país con una ventaja que le otorgó peso dentro de la estructura: creció entre miembros del Barrio 18 en Estados Unidos y hablaba inglés con fluidez.
Ese conocimiento, sumado a los contactos y experiencia acumulada durante años, le permitió escalar rápidamente.
Con el tiempo pasó de ser un integrante más a convertirse en una de las figuras de mayor influencia dentro de la organización.
Las autoridades lo señalaron como un hombre clave en la formación de nuevas clicas, el reclutamiento de jóvenes integrantes, así como a la organización de grupos vinculados con la extorsión, distribución de drogas y otras actividades criminales.
Su nombre llegó a estar ligado a estructuras como Hoover Locos y Tiny Locos, grupos que tuvieron presencia dentro del entramado del Barrio 18 en Honduras.
El ascenso hasta la cúpula
La influencia de Boxer Huber creció durante más de una década.
Su capacidad para mantener disciplina interna y organizar estructuras lo convirtió en una referencia dentro de la pandilla.
Con el paso de los años se le consideró uno de los hombres más importantes de la organización en Honduras.
Su figura también se reconoció por los tatuajes que cubrían gran parte de su rostro y cuerpo, así como por el bastón que utilizó para caminar debido a problemas de salud y sobrepeso.
Para entonces, su nombre ya figuraba entre los principales objetivos de las autoridades.

La captura del líder
El 10 de agosto de 2017, agentes de seguridad realizaron un operativo en la colonia Tiloarque de Comayagüela.
Allí capturaron a Boxer Huber, quien utilizaba el nombre de José Marcial Fúnez para intentar ocultar su identidad.
Dos años después se declaró culpable por delitos relacionados con porte ilegal de armas y almacenamiento de armas y municiones.
En el mismo proceso, ocho integrantes más de la Pandilla 18 también fueron condenados
Su captura se presentó por el Gobierno como uno de los golpes más importantes contra la estructura.
El final dentro de Támara
A pesar de sobrevivir durante décadas dentro del mundo de las pandillas, Boxer Huber no escapó a una de las reglas más antiguas de ese universo: ningún liderazgo es eterno.
El 29 de junio de 2020, cuando se encontraba en la barbería de la Penitenciaría Nacional de Támara, fue atacado por integrantes de la Mara Salvatrucha (MS-13), organización rival de la Pandilla 18.
Los disparos acabaron con la vida de quien durante años se consideró el principal referente de la Pandilla 18 en Honduras.
Así terminó la historia de un hombre que dedicó gran parte de su vida a esa estructura criminal: reclutó jóvenes, entrenó integrantes, ayudó a fortalecer la organización y permaneció leal a ella hasta el final.
Pero ni el poder que acumuló dentro de la pandilla evitó que su historia concluyera detrás de los muros de una prisión.
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