Roberto Arturo Contreras no fue un reo cualquiera. en el oscuro mundo del crimen sampedrano, su nombre se convirtió en una especie de mito: el “Chele Volqueta”.

Era un bandolero que burló varias veces a la ley y que terminó ganándose su apodo por una fuga casi cinematográfica.

La historia que lo hizo famoso ocurrió cuando un camión de volteo se estrelló contra la pared sur del entonces centro penal de San Pedro Sula.

El golpe abrió un boquete enorme y, por ahí, el Chele Volqueta escapó junto a su banda, entre disparos, polvo y caos.

Desde entonces, su nombre dejó de ser solo el de un asaltabancos: pasó a ser el de un fugitivo con aura de leyenda carcelaria.

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"Chele Volqueta", un “rock star” del hampa sampedrana

Cuando lo capturaron meses después y lo devolvieron al presidio, no entró como un preso derrotado.

Según los relatos, los privados de libertad lo recibieron entre vítores, como si regresara un ídolo del bajo mundo.

Quienes le conocieron relatan que ese prestigio no nacía de la admiración limpia, sino del miedo, la fama y la violencia.

En el penal, donde la autoridad formal muchas veces era apenas una sombra, el Chele Volqueta representó poder: tenía enemigos, pero también hombres, armas y un nombre que pesó.

Por eso, dentro de aquellas paredes, tocarlo no era fácil.

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El penal donde la ley tenía otros dueños

El Chele Volqueta no vivía en una cárcel común: vivía en un territorio partido por jerarquías criminales, negocios internos, pactos y amenazas.

Allí, los reos viejos sabían quién tenía mando, quién podía ordenar y quién podía matar.

Sus enemigos entendieron que no podían enfrentarlo de frente. Si el Chele estaba protegido por su propia gente, había que buscar a alguien con suficiente poder para cruzar esa línea.

Ese nombre fue el de Jhonny Antonio Jiménez, alias “El Inmortal”, líder de los pesetas (pandilleros que desertaron o renunciaron a sus bandas).

El día que cayó la leyenda

Al mediodía del 26 de abril de 2008, el Chele Volqueta estaba en el comedor de “Randy”, uno de esos negocios que funcionaron dentro del presidio bajo control de los propios internos.

Hasta allí llegó “El Inmortal”. Lo que ocurrió después quedó atrapado entre versiones, rumores y memoria carcelaria.

Unos relatos dicen una cosa, otros, otra. Pero el hecho central no cambia: ese día, dentro del penal de San Pedro Sula, asesinaron a Roberto Arturo Contreras, el fugitivo que parecía intocable.

La muerte del Chele Volqueta no solo apagó a un personaje del hampa. También rompió una regla no escrita dentro del presidio: si podían matar a alguien con tanto peso, podían matar a cualquiera.

El operar de El Chele Volqueta

El asesinato que cambió el miedo dentro del presidio

La consternación se extendió entre los reos y no era solo la muerte de un bandido famoso, era el mensaje.

El crimen dejó claro que el poder dentro del penal se movió hacia manos más brutales, capaces de desafiar códigos internos y de imponer miedo incluso entre quienes ya vivían rodeados de violencia.

Tres reos viejos y reconocidos entendieron entonces que algo cambió, si nadie actuaba, todos quedarían a merced de los pesetas.

El final del fugitivo

El Chele Volqueta pasó a la historia criminal hondureña no solo por sus delitos, sino por la forma en que convirtió la fuga en espectáculo y la cárcel en escenario de poder.

Pero su final reveló una verdad más dura: en el presidio, la fama podía proteger por un tiempo, pero no blindaba a nadie para siempre.

Roberto Arturo Contreras escapó de muros, de custodios y de capturas. Lo que no pudo esquivar fue la sentencia silenciosa del mundo que él mismo habitaba.

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