Nadie salió a perseguir delincuentes aquella tarde, nadie esperó una emboscada en la calle, el peligro estaba sentado dentro de la misma oficina. En cuestión de segundos, la sede regional de la entonces Dirección Nacional de Investigación Criminal (DNIC) en La Ceiba dejó de ser un edificio policial para convertirse en una escena del crimen.
Cinco agentes murieron bajo los disparos de un compañero con el que compartían uniforme, jornadas de trabajo y el mismo techo institucional.
Lo ocurrido en noviembre de 2012 no solo sacudió a la DNIC, sino que expuso la profunda crisis que atravesaba la Policía Nacional en uno de los años más convulsos para la institución.
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La DNIC y una reunión que terminó en tragedia
La tarde transcurría con aparente normalidad en las oficinas de la DNIC, ubicadas en el barrio El Dorado de La Ceiba.
Varios agentes se encontraban reunidos cuando, de forma repentina, la conversación se transformó en una fuerte discusión.
Fue entonces cuando el suboficial II Elías Enrique Mejía Suazo, asignado al Departamento de Delitos Especiales, desenfundó su arma de reglamento y comenzó a disparar contra sus propios compañeros.
Los disparos sorprendieron a todos, cuatro agentes murieron en el lugar, mientras a un quinto lo trasladaron gravemente herido al Hospital Atlántida, donde falleció poco después.
Las víctimas fueron identificadas como Wilson Ramón González Benítez, jefe de la Unidad de Localización y Capturas; Francisco Isaías Pagoaga García; Santos Cirilo Queck Galicia; Wilson David Rodas Dávila y Gerson Armando García Varela.
La peor escena no ocurrió en un operativo contra criminales, ocurrió dentro de una oficina policial.

Las hipótesis que rodearon la masacre
Mientras el país intentaba entender cómo un policía podía asesinar a cinco compañeros, comenzaron a surgir las primeras líneas de investigación.
Las autoridades manejaron inicialmente dos hipótesis: la primera apuntó a viejas diferencias personales entre Mejía Suazo y algunos de los agentes asesinados.
La segunda giró alrededor de una discusión relacionada con una supuesta repartición de dólares que incautaron como evidencia en investigaciones criminales.
Esa versión circuló desde las primeras horas posteriores al ataque, aunque nunca se confirmó como el motivo del crimen y permaneció como una de las líneas que se investigó.
Lo que sí se estableció fue que la discusión escaló hasta convertirse en una de las peores tragedias internas registradas dentro de la DNIC.
Capturado con el arma en las manos
Elías Enrique Mejía Suazo no huyó, lo capturaron otros policías dentro de las mismas instalaciones poco después del ataque.
Las autoridades le decomisaron el arma de reglamento utilizada en la masacre y lo pusieron a disposición del Ministerio Público para enfrentar un proceso por el asesinato de sus cinco compañeros.
Horas después lo trasladaron a la Penitenciaría Nacional de Támara bajo fuertes medidas de seguridad.
La Policía conformó una comisión especial para investigar las circunstancias que rodearon el quíntuple crimen y esclarecer qué ocurrió realmente en aquella reunión que terminó convertida en un baño de sangre.
Tras el proceso judicial, la Fiscalía Regional de La Ceiba obtuvo un fallo condenatorio contra Elías Enrique Mejía Suazo por el delito de asesinato.
Bajo el Código Penal vigente en ese momento, ese delito contempló penas de 20 a 30 años de prisión por cada una de las cinco víctimas.

Un golpe que profundizó la crisis policial
La masacre ocurrió en un momento especialmente delicado para la Policía Nacional. El 2012 estuvo marcado por denuncias de corrupción, procesos de depuración, asesinatos de agentes y un deterioro de la confianza ciudadana.
La matanza dentro de la DNIC reforzó la percepción de que la crisis no solo estaba en las calles, sino también al interior de los cuerpos de seguridad.
Cinco investigadores murieron sin enfrentar a una banda criminal, sin participar en un operativo y sin abandonar su lugar de trabajo.
Sus vidas terminaron dentro de una oficina policial, abatidos por un hombre que llevaba el mismo uniforme y que, hasta minutos antes, era uno más entre ellos.
Ese episodio quedó inscrito como una de las páginas más oscuras en la historia de la investigación criminal en Honduras.
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