Durante años, el ruido de un motor en plena madrugada de las narcoavionetas era suficiente para poner en alerta a comunidades enteras de La Mosquitia, Olancho, Colón o Gracias a Dios.

Minutos después, una avioneta descendía sobre una pista improvisada, descargaba cocaína y desaparecía antes del amanecer.

Otras quedaban abandonadas o eran incendiadas para borrar cualquier rastro. Esa escena, repetida durante décadas, hoy parece haberse apagado.

El silencio volvió a las pistas clandestinas, pero la gran pregunta sigue flotando: ¿qué pasó con las narcoavionetas?

Honduras fue durante años una de las principales puertas de entrada de cocaína hacia Centroamérica.

Las narcoavionetas llegaban desde Sudamérica aprovechando la geografía, la escasa vigilancia en zonas remotas y una red de pistas ilegales construidas en regiones de difícil acceso.

Cada aeronave representó toneladas de droga y millones de dólares para las organizaciones criminales.

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Narcoavionetas: un negocio que marcó una época

Hubo un tiempo en que los decomisos de narcoavionetas eran casi parte de la rutina, era constante ver fotografías de aeronaves calcinadas, operativos militares y cargamentos asegurados.

Las pistas clandestinas se multiplicaron mientras las autoridades intentaron destruirlas una y otra vez.

Pero ese escenario comenzó a cambiar, las Fuerzas Armadas sostienen que la coordinación con agencias internacionales, especialmente con Estados Unidos, redujo significativamente las operaciones aéreas del narcotráfico sobre territorio hondureño.

Sin embargo, la disminución de las narcoavionetas no significa que el narcotráfico desapareció.

Los grupos criminales son organizaciones que evolucionan constantemente y modifican sus métodos cuando una ruta deja de ser segura o rentable.

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Menos avionetas no significa menos narcotráfico

La historia del narcotráfico demuestra que cada vez que una puerta se cierra, otra se abre.

Las organizaciones criminales recurrieron en distintos momentos a lanchas rápidas, embarcaciones pesqueras, vehículos terrestres, contenedores marítimos e incluso rutas humanas para mover cargamentos.

Por eso, especialistas en seguridad advierten que medir el problema únicamente por la cantidad de narcoavionetas detectadas puede ofrecer una imagen incompleta del fenómeno.

El negocio es el mismo: trasladar cocaína hacia los mercados del norte con la menor posibilidad de detectarse.

“Hasta el momento no hemos tenido ningún aterrizaje de ninguna narcoavioneta como se hacía en tiempos recientes, esto por la coordinación con todos los países centroamericanos y del Caribe como República Dominicana”, indicó Rafael Cano, viceministro de Defensa de Honduras.

Las pistas siguen ahí

Aunque muchas pistas se destruyeron durante los últimos años, varias continúan existiendo en regiones aisladas del país.

Algunas se inutilizaron y otras se rehabilitaron rápidamente si las organizaciones veían nuevamente ventajas para utilizarlas.

Ese es uno de los desafíos que enfrentan las autoridades: evitar que una infraestructura que se construyó durante años sea un puente para el narcotráfico.

intercepción de aeronaves

El silencio no es el final de la historia

Hoy las pistas clandestinas ya no ocupan titulares con la misma frecuencia, el sonido de las hélices dejó de ser parte habitual de las noticias, pero eso no significa que el negocio terminó.

Las narcoavionetas parecen haber perdido protagonismo en Honduras, aunque el narcotráfico continúa adaptándose.

El narco busca nuevos caminos y demuestra que, cuando una ruta se vuelve peligrosa, simplemente cambia de dirección.

Las pistas pueden estar en silencio, pero la maquinaria criminal difícilmente permanece quieta.

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