No parecía ser más que un reloj en el brazo de uno de los narcotraficantes más poderosos de Honduras: Los Cachiros.
Pero mientras los hombres alrededor de la mesa hablaron, aquel pequeño dispositivo hacía algo que algunos descubrirían demasiado tarde: los estaba grabando.
Devis Leonel Rivera Maradiaga, uno de los jefes de Los Cachiros, comenzó a jugar otra partida.
La estructura que durante años necesitó contactos, protección y favores para crecer en el narcotráfico empezó a convertir sus propias reuniones en evidencia.
El detalle quedó retratado años después en una corte de Nueva York. Durante el juicio contra Juan Antonio “Tony” Hernández, la Fiscalía estadounidense interrogó a Rivera sobre una reunión celebrada en Tegucigalpa y sobre la manera en que consiguió la grabación que presentaron como evidencia.
—¿Cómo grabaste esta reunión? —preguntó la Fiscalía.
—Con un reloj —respondió Rivera.
—¿Dónde conseguiste el reloj?
—Lo compré.
—¿Y después entregaste la grabación a la DEA?
—Sí.
La escena condensa una transformación que comenzó años atrás: el narco ya no solamente se reunía con sus contactos; también empezó a documentarlos.
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Los Cachiros sintieron que el cerco se cerraba
En 2013, el panorama comenzó a complicarse para los hermanos Rivera Maradiaga. Estados Unidos sancionó a Los Cachiros y en Honduras comenzaron incautaciones de bienes vinculados con la organización.
Devis declaró posteriormente que temía por su vida, por su familia y la posibilidad de pasar largos años encarcelado en Honduras.
También dijo que trabajó con políticos y agentes policiales y que ese entramado alimentaba sus temores.
Fue en diciembre de 2013 cuando, según su propio testimonio judicial, comenzó a colaborar con la Administración para el Control de Drogas de Estados Unidos (DEA).
Pero antes y durante aquel giro, las reuniones dejaron de ser simples encuentros. Comenzaron a convertirse en material que podía servirle si llegaba el momento de negociar con las autoridades estadounidenses.
Rivera explicó en otro testimonio que hacía grabaciones para tener pruebas de pagos realizados en caso de que quienes recibían el dinero posteriormente lo negaran. También reconoció que contempló entregarse a Estados Unidos.
Era una especie de seguro clandestino: guardar aquello que otros podían querer olvidar.

El reloj que llegó hasta una corte de Nueva York
Una de esas grabaciones fue realizada durante una reunión con Tony Hernández en un restaurante de Tegucigalpa en 2014, cuando Rivera ya colaboraba con la DEA.
La cámara estaba escondida en el reloj que llevaba puesto y el dispositivo captó el encuentro.
Rivera posteriormente entregó el material a agentes estadounidenses y años después, fragmentos y fotografías obtenidas de esa grabación formarían parte de la evidencia mostrada durante el juicio contra Hernández en el Distrito Sur de Nueva York.
La importancia del reloj fue precisamente en su discreción. Quienes estaban frente a Rivera podían verlo como uno de los jefes de Los Cachiros, mientras él llevaba en el brazo una cámara capaz de conservar lo que se dijera y ocurriera en aquella reunión.
El antiguo aliado se convirtió en testigo.
De mover cocaína a entregar información
La dimensión de quién estaba detrás de aquellas grabaciones también quedó expuesta en los tribunales estadounidenses.
Durante el juicio contra Geovanny Fuentes Ramírez, Rivera admitió participación en 78 asesinatos y 15 intentos de asesinato, además de traficar alrededor de 100 toneladas de cocaína durante su carrera criminal.
Es decir, no se trató de un observador que penetró el cartel para descubrir sus secretos. Era uno de los hombres que ayudó a construirlo.
Y precisamente por conocer desde adentro los nombres, reuniones, pagos y relaciones que rodearon a la estructura, su cooperación adquirió valor para los fiscales estadounidenses.
Rivera también lanzó acusaciones contra personajes de distintos sectores durante sus comparecencias judiciales.
Entre sus declaraciones llegó a afirmar que una jueza de San Pedro Sula, con quien dijo mantuvo una relación sentimental, le pidió asesinar a una persona.
Sus testimonios, como ocurre con los de colaboradores involucrados en delitos graves, se sometieron a interrogatorios y cuestionamientos de las defensas en los procesos donde compareció.

Cuando Los Cachiros comenzaron a guardar sus propios secretos
El reloj fue solo una pieza de una estrategia más amplia, Rivera declaró que realizó audios, videos y fotografías de encuentros mientras avanzó su cooperación con Estados Unidos.
Así, la tecnología ocupó un lugar inesperado dentro de la historia de Los Cachiros: primero sirvió para registrar a personas con las que la estructura se relacionó y después parte de ese material terminó en manos de la DEA y apareció en procesos judiciales en Nueva York.
Los hermanos Rivera Maradiaga se entregaron a las autoridades estadounidenses en 2015.
Para entonces, Devis llevaba más de un año colaborando con la DEA y acumuló información sobre el mundo en el que operó durante años.
Las grabaciones no borraron su pasado ni los delitos que él mismo admitió. Tampoco convertían automáticamente cada una de sus acusaciones en un hecho probado.
Pero sí le daban algo que un simple relato no podía ofrecer: imágenes y sonidos de reuniones que ocurrieron cuando muchos de sus interlocutores todavía no sabían que el hombre sentado frente a ellos, pensó en Estados Unidos.
Y quizá allí está una de las imágenes más reveladoras de la caída de Los Cachiros: no fue únicamente el momento en que sus jefes se entregaron.
La caída también comenzó silenciosamente mucho antes, cuando Devis Rivera levantó el brazo, encendió un reloj y empezó a grabar.
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