En Honduras, la corrupción ya no se discute solo como un delito financiero o administrativo. Para juristas, exfiscales, exjueces y defensores de derechos humanos, desviar fondos públicos, manipular contratos o saquear instituciones del Estado significa algo más grave: condenar a miles de personas a vivir sin salud, sin educación y sin oportunidades.
Por eso, cada vez más voces plantean una exigencia incómoda para el poder: que robarle al Estado sea reconocido y castigado como un crimen de lesa humanidad.
No se trata dicen, de una figura simbólica. Se trata de reconocer que detrás de cada lempira robado hay una cama vacía en un hospital, una escuela sin techo, una familia empujada a la pobreza.
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Robar al Estado: una herida que atraviesa toda la sociedad
El exfiscal Manuel Murillo no se limita a señalar a los altos funcionarios. Su diagnóstico es más incómodo: la corrupción, afirma, se normalizó en todos los niveles.
Según Murillo, en Honduras el corrupto muchas veces no es visto como delincuente, sino como alguien “vivo” o “inteligente”.
Esa percepción cultural, advierte, permitió que el problema se reproduzca durante décadas sin un verdadero rechazo social.
“Está entronizada en toda la sociedad, no solo en los altos cargos. Por eso no se combate”, sostiene.
Desde su perspectiva, sin un cambio profundo en valores, instituciones y controles, cualquier reforma legal corre el riesgo de quedarse en papel.
La promesa anticorrupción que no llegó
La exdiputada Fátima Mena apunta directamente a los gobiernos que prometieron una cruzada contra la impunidad y terminaron atrapados en sus propias contradicciones.
Para ella, Honduras perdió una oportunidad histórica cuando las reformas prometidas quedaron a medias o fueron debilitadas desde el poder.
“¿De qué sirvió jurar que se combatiría la corrupción si luego se hicieron leyes para hacerles trampa?”, cuestiona.
Mena insiste en que la lucha debe comenzar antes de que el delito ocurra, con sistemas de prevención, transparencia real y controles independientes, no solo con castigos posteriores.
Sin política criminal, no hay cambio posible
Desde el ámbito judicial, la exjueza Karla Romero advierte que el país carece de una política criminal clara frente a la corrupción.
En su análisis, Honduras no ha definido una estrategia integral que combine investigación, sanción, prevención y educación. Sin esa base, afirma, cualquier intento de erradicación será frágil.
Romero subraya que el combate debe comenzar desde la infancia, enseñando qué es corrupción y por qué destruye comunidades enteras.
Sin ese proceso formativo, dice, el sistema seguirá produciendo generaciones tolerantes al abuso del poder.
¿Crimen de lesa humanidad? El argumento desde los derechos humanos
Para los defensores de derechos humanos, el debate va más allá del Código Penal. El presidente del CODEH, Hugo Maldonado, sostiene que la corrupción cumple con los elementos que caracterizan a los crímenes más graves.

Desde su perspectiva, cuando un Estado permite que se roben sistemáticamente los recursos destinados a salud y educación, está atentando contra la vida y la dignidad de su población.
“La corrupción se come la mayor parte del presupuesto social. Por eso debe ser castigada como un crimen contra la humanidad”, afirma.
El argumento es contundente: no se trata de un daño aislado, sino de una práctica sistemática que afecta a millones, especialmente a la niñez y a las comunidades más vulnerables.
El futuro que se juega en esta discusión
Detrás del debate jurídico hay una pregunta más profunda: ¿está Honduras dispuesta a romper con la tolerancia histórica a la corrupción?
Para los especialistas, esta no es una discusión técnica, sino moral y política. Definir la corrupción como un crimen contra la humanidad sería reconocer que cada hospital sin medicinas, cada escuela abandonada y cada familia empobrecida también es víctima de un delito.
El nuevo gobierno tiene, según los expertos, una oportunidad única: demostrar que la lucha anticorrupción no es un eslogan, sino una política de Estado.
De lo contrario, advierten, el país seguirá atrapado en el mismo círculo: promesas, escándalos, impunidad… y una generación más pagando el precio.
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