La mañana del 30 de mayo de 2008 parecía una más para los pasajeros del vuelo 390 de TACA. El Airbus A320 despegó de El Salvador rumbo a Miami con una escala programada en el aeropuerto Toncontín de Tegucigalpa. El trayecto era corto, rutinario y conocido por la tripulación.
Pero en Honduras los esperaba uno de los escenarios más difíciles de la aviación comercial en la región: el aeropuerto Toncontín.
Es una terminal rodeada de montañas, con una pista corta y condiciones meteorológicas que empeoraban minuto a minuto por los efectos de la tormenta tropical Alma.
Lo que comenzó como una aproximación complicada se convirtió en una tragedia que dejó seis muertos, decenas de heridos y una imagen imposible de olvidar: un Airbus partido en tres sobre una carretera de la capital.
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Toncontín y el vuelo 390 de TACA: media hora que terminó en desastre
A bordo viajaban 118 pasajeros y seis miembros de la tripulación. El avión era comandado por el capitán César D'Antonio, un piloto con amplia experiencia en Airbus A320.
Tras despegar del Aeropuerto Internacional de El Salvador a las 9:05 de la mañana, el vuelo transcurrió sin incidentes hasta aproximarse a Tegucigalpa.
Sin embargo, sobre la capital hondureña la situación era muy distinta. La lluvia reducía la visibilidad, las nubes permanecían bajas y la pista estaba completamente mojada.
Los pilotos realizaron un primer intento de aterrizaje, pero al considerar que la aproximación no era estable decidieron abortarla.
Fue cuando ejecutaron una maniobra de aproximación frustrada, una práctica habitual cuando las condiciones no garantizan una operación segura y minutos después lo intentarían nuevamente.

Una pista corta rodeada por montañas
Durante años, a Toncontín lo señalaron como uno de los aeropuertos más complejos del mundo para aterrizar.
Ubicado dentro de una cuenca rodeada de elevaciones, obliga a los pilotos a realizar maniobras exigentes antes de alinearse con la pista.
A ello se sumaba entonces una longitud limitada para aeronaves comerciales de gran tamaño.
Aquella mañana, la torre de control autorizó inicialmente una aproximación hacia la pista 20, pero los pilotos solicitaron utilizar la pista 02 debido a las condiciones meteorológicas.
La petición se aceptó, aunque el viento no jugaba precisamente a favor y mientras el Airbus descendía, la lluvia seguía cayendo sobre la capital.
El aterrizaje que agotó los metros disponibles
A las 9:40 de la mañana, el Airbus tocó tierra, pero lo hizo demasiado rápido y más allá del punto ideal de aterrizaje.
La aeronave registró una velocidad cercana a los 300 kilómetros por hora al contacto con la pista. Los pilotos activaron los frenos, los spoilers y las reversas para intentar detener el aparato.
No fue suficiente, la combinación de una pista mojada, el elevado peso del avión y la distancia consumida durante la aproximación dejó cada vez menos margen para frenar y los metros desaparecieron frente a la cabina.
Cuando la tripulación comprendió que no lograría detener la aeronave, ya era demasiado tarde.

El Airbus cayó a una carretera y se partió en tres
El A320 sobrepasó el final de la pista a más de 100 kilómetros por hora y después descendió por un terraplén de más de 20 metros e impactó una vía cercana al aeropuerto, donde aplastó varios vehículos antes de fracturarse en tres grandes secciones.
La escena fue devastadora y el capitán César D'Antonio murió a consecuencia del impacto. También fallecieron dos pasajeros que viajaban en la aeronave.
En tierra murieron otras tres personas, entre ellas ocupantes de vehículos alcanzados por el Airbus tras salir de la pista.
Decenas de pasajeros quedaron atrapados entre los restos mientras los equipos de emergencia corrían bajo la lluvia para intentar controlar la situación.
La evacuación evitó una tragedia aún mayor
Aunque las imágenes dieron la vuelta al mundo y mostraron una aeronave destruida, el número de víctimas pudo haber sido mucho mayor.
La rápida actuación de los auxiliares de vuelo permitió evacuar a numerosos pasajeros antes de que el fuego consumiera partes de la estructura.
Asimismo, los equipos de rescate lograron llegar con rapidez al lugar del accidente y asistir a los sobrevivientes. En total, unas 60 personas resultaron heridas.
Muchos pasajeros abandonaron el fuselaje entre escombros, combustible derramado y una lluvia que continuaba cayendo sobre Tegucigalpa.

Qué concluyó la investigación del accidente
La investigación oficial determinó que varios factores coincidieron en la tragedia, entre ellos figuraron la decisión de continuar el aterrizaje pese a las condiciones existentes.
Además de la aproximación realizada con una elevada carga de trabajo para la tripulación, la velocidad excesiva al momento de tocar pista y la falta de un drenaje eficiente que permitiera evacuar adecuadamente el agua acumulada sobre el pavimento.
También señalaron que el aterrizaje ocurrió más allá de la zona recomendada, reduciendo aún más la distancia disponible para detener la aeronave.
A ello se sumó una realidad imposible de ignorar: al final de la pista existía un pronunciado desnivel que amplificó las consecuencias del accidente.
El accidente que cambió para siempre a Toncontín
La tragedia del vuelo 390 convirtió a Toncontín en noticia mundial y reabrió el debate sobre las condiciones operativas del entonces principal aeropuerto de la capital hondureña.
Meses después comenzaron trabajos para ampliar las áreas de seguridad al final de la pista y reducir los riesgos en futuras operaciones.
Sin embargo, el recuerdo de aquella mañana permanece intacto, porque más allá de las cifras, los informes técnicos y las discusiones sobre procedimientos, el 30 de mayo de 2008 marcó a Tegucigalpa.
Fue el día en que una combinación de lluvia, viento, pista mojada y decisiones tomadas bajo presión partió un Airbus en tres y escribió una de las páginas más trágicas de la aviación hondureña.
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