Una mujer iba por carretera, otra estaba dentro de un vehículo. Al mismo tiempo, un estudiante de Derecho se encontraba en un despacho de abogados y un hombre atendía un negocio cuando la violencia los alcanzó a todos de la peor manera: con la muerte.
No estaban en el mismo lugar, no murieron por el mismo motivo y, hasta ahora, ninguna investigación permite meter todos sus casos dentro de una sola trama criminal.
Pero sus historias se encontraron en un mismo punto: unas 72 horas que condensaron buena parte de la violencia que marcó la semana en Honduras.
Entre el 12 y el 15 de agosto, los escenarios cambiaron con rapidez. Hubo asesinatos en distintos departamentos, tres mujeres murieron en un tango de 24 horas y un universitario fue tacado dentro de un despacho en pleno centro de San Pedro Sula.
Mientras nuevos expedientes comenzaron a abrirse, en Olanchito la Policía buscó respuestas a otros crímenes que dejó una masacre y un hombre muerto durante un asalto.
No se trata de una sola estructura dejando víctimas a su paso ni existe evidencia para sostener que todos los hechos están conectados.
La imagen es quizá más inquietante: la violencia en Honduras apareció bajo modalidades distintas y alcanzó a las víctimas en espacios cotidianos donde la rutina fue escena criminal.
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Violencia en Honduras: la muerte entró hasta un despacho
El 12 de agosto, el escenario fue un despacho de abogados del centro de San Pedro Sula. Allí asesinaron a Marvin Omar Fernández Vásquez, estudiante de Derecho, quien recibió varios disparos en un ataque cuyo móvil continúa bajo investigación.
La escena resulta particularmente reveladora dentro del recuento de la semana, pues no ocurrió en una zona apartada ni durante la madrugada en una calle solitaria.
El atacante llegó hasta un espacio de trabajo y allí acabó con la vida del universitario, dejando a las autoridades la tarea de reconstruir quién lo buscaba y por qué.
Mientras ese crimen comenzó a investigarse en Cortés, las siguientes horas trasladaron la violencia hacia otros puntos del país y pusieron a las mujeres en el centro de una sucesión de muertes.

Tres mujeres muertas
Entre el 13 y el 14 de agosto, tres mujeres fueron asesinadas en hechos diferentes ocurridos en Ajuterique, Comayagua; Nacaome, Valle; y el corredor entre Tegucigalpa y Santa Lucía, Francisco Morazán.
Una de las víctimas era empleada de la Dirección de Ciencia y Tecnología Agropecuaria (DICTA) y la interceptaron mientras se desplazaba.
En otro de los ataques, asesinaron a una mujer dentro de un vehículo mientras su hermana resultó herida.
Tres departamentos, tres investigaciones y tres familias golpeadas en un periodo de aproximadamente un día.
Pero mientras estos casos comenzaban a engrosar la lista de homicidios de la semana, otro municipio acumuló sus propios episodios de violencia.
Olanchito venía de una masacre y sumó otro muerto
En Olanchito, Yoro, la semana no comenzó desde cero. El municipio cargó con el impacto de la masacre ocurrida el 4 de agosto en la colonia Murillo Soto, donde seis personas fueron asesinadas.
Seis días después, el 10 de agosto, Roberto Chavarría Moreno murió durante un intento de robo en Minisúper Rosmery.
El escenario cambió, pero nuevamente había una víctima mortal y responsables que escaparon.
Fue entonces cuando las operaciones policiales comenzaron a poner nombres sobre la mesa.
Entre el 13 y 14 de agosto fueron capturados en un hotel de Olanchito Carlos Eduardo Zaldívar Cervantes, alias “El Texas”, y Jesús Daniel Tróchez, alias “El Diablo”, investigados por su presunta relación con hechos violentos recientes.
Otros allanamientos dejaron tres hombres detenidos. Según la información policial, uno se relacionaría con la masacre de seis personas de la colonia Murillo Soto, mientras los otros los requirieron en investigaciones por homicidio y tráfico de drogas.
Las capturas son piezas de investigaciones todavía abiertas y no bastan para concluir que detrás de todos los episodios exista una misma estructura.

Capturados por unos crímenes mientras aparecían otros
Mientras en Yoro la Policía anunció capturas y allanamientos para esclarecer hechos recientes, en otros departamentos aparecían nuevas víctimas y comenzaron nuevas investigaciones.
La respuesta policial avanzó detrás de unos casos mientras la violencia en Honduras seguía produciendo otros.
El despacho en San Pedro Sula, el vehículo donde una mujer fue atacada, las carreteras y el negocio de Olanchito eran piezas de una misma fotografía semanal.
Las 72 horas tampoco explican por sí solas todo lo ocurrido durante siete días, pero sí muestran, sin embargo, la diversidad de escenarios en los que se manifestó la violencia.
Fueron asesinatos selectivos, ataques contra mujeres, una muerte durante un asalto y las secuelas de una masacre que seguía generando operaciones policiales.
Al terminar la semana quedaron capturados, investigaciones abiertas y preguntas todavía sin respuesta y nuevos hechos.
También quedó una sucesión difícil de ignorar: en solo tres días la muerte pasó de la carretera al carro, del negocio al despacho.
Cambiaron los lugares y cambiaron las víctimas; la violencia nunca necesitó repetir escenario.
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