Edwin tenía solo 10 años cuando la violencia le arrebató lo más valioso. Una pandilla entró a su casa en Tegucigalpa y asesinó a sus padres frente a sus ojos, mientras él se escondía bajo la cama. El desplazamiento que vive lo originó la violencia.
“Me acuerdo de todo”, relata con lágrimas contenidas. Huérfano y sin rumbo, caminó hasta la terminal de buses y se subió a uno con destino a Cedeño, porque siempre soñó con conocer el mar.
Ese viaje cambió su vida. El niño que escapó del crimen encontró refugio en un pequeño pueblo pesquero.
Vecinos le dieron comida, un techo y le enseñaron a pescar. Con el tiempo, Edwin estudió y levantó su propia casa de madera junto a la playa.
El mar refugio ante el desplazamiento
“Cuando vi el mar por primera vez, lloré”, recuerda Edwin, hoy de 33 años. Pero lo que en su infancia fue esperanza, ahora se convirtió en amenaza: el aumento del nivel del mar devora la costa de Cedeño.
Entre 1982 y 2015, el océano Pacífico avanzó más de 40 metros sobre la playa. Cada año las marejadas arrasan hasta 120 centímetros de tierra, borrando casas, calles y recuerdos.
La escuela donde Edwin aprendió a leer ya no existe.
“Esto ya no nos pertenece; le pertenece al mar”, lamenta María Luisa Fuentes, una vecina de 47 años.

El peso de ser desplazado en Honduras
Edwin vive atrapado entre dos realidades: la violencia que lo expulsó de su ciudad y el clima que ahora lo expulsa del mar.
Según cifras, más de 247,000 personas son víctimas de desplazamiento interno por violencia en Honduras, mientras que hasta 56,400 podrían ser desplazadas por fenómenos climáticos para 2050.
La tragedia no es abstracta: la última marejada inundó la casa de Edwin. “Se me mojó cada esquina, dormí como un pollito mojado hasta que vinieron a ponerme otra lámina”, recuerda.
Cada año debe mover su casa unos metros tierra adentro, pero ya casi no queda espacio.
Comunidades que resisten en el sur de Honduras
Pese a las pérdidas, Cedeño no se rinde. Mujeres como María Luisa lideran la Asociación de Mujeres Marisqueras, que reforesta manglares y apuesta por el ecoturismo.
“Los manglares nos dan vida. Nos sentimos motivadas cuando salimos a plantar”, asegura.
Benjamín, un joven con fibrosis quística, fundó “Exploradores de la Ciencia y la Cultura”, un programa donde enseña a niños y jóvenes a cuidar la naturaleza.
Y líderes comunitarios como Dagoberto Majano insisten en que el Estado debe brindar soluciones reales: “Si no hay educación ni empleo, el mar no será la única causa del desplazamiento”, advierte.
ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, acompaña a las familias con programas de reforestación de manglares, iniciativas de ecoturismo y proyectos que fortalecen sus medios de vida.
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La última frontera de Edwin
Edwin señala la pequeña franja de tierra que le queda: apenas cinco metros. “Esto es todo lo que tengo”, dice.
Nunca consideró irse. “Cedeño es mi hogar. Me gusta porque es tranquilo, sin violencia”, afirma.
Sin embargo, su voz se apaga con resignación: “Puede que pase, porque el mar avanza y pelea lo que es de él”.
La vida de Edwin es el retrato de miles de hondureños: primero expulsados por la violencia, ahora por el clima.
Su historia muestra que el desplazamiento no es una estadística, sino un desgarro humano que amenaza con borrar comunidades enteras.
Aunque el mar avanza, Edwin se aferra a lo único que le queda: el derecho a tener un hogar.
