Mientras otros reclusos cumplían condenas, Roger Marín Zalavarría Fúnez, alias "Saylin" o "Hommie", presuntamente seguía impartiendo órdenes. Para las autoridades, las rejas nunca limitaron su poder.
Desde una celda —aseguran los investigadores— movió los hilos de la Pandilla 18, autorizó ataques, coordinó operaciones y mantuvo el control de una estructura que sembró terror durante años en San Pedro Sula.
Su nombre volvió a ocupar titulares cuando agentes de la entonces Dirección Policial Anti Maras y Pandillas Contra el Crimen Organizado (Dipampco) lo capturaron en Chamelecón en 2026.
Pero el expediente que más pesa sobre él no comenzó el día de esa detención, empezó mucho antes, cuando las autoridades lo señalaron como el hombre que ordenó uno de los ataques más despiadados atribuidos a la organización criminal.
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Saylin: el cabecilla que, según autoridades, mandaba desde prisión
La Dipampco lo identificó como uno de los cabecillas de mayor jerarquía dentro de la Pandilla 18 en Honduras.
Tenía influencia que trascendía las calles de Chamelecón y alcanzó otros puntos donde operó la estructura.
Los investigadores sostienen que acumuló más de tres décadas dentro de la organización, tiempo suficiente para escalar hasta convertirse en un hombre cuya palabra bastó para activar sicarios.
Además, ordenar cobros de extorsión, coordinar tráfico de drogas y decidir represalias contra quienes la pandilla consideraba enemigos.
Su supuesto modus operandi no dependía de empuñar un arma, dependía de conservar el mando.
Según las investigaciones, utilizó intermediarios y miembros de confianza para transmitir instrucciones que se ejecutaron aun cuando él permanecía recluido.
Para los agentes, ese era su mayor poder: mantener viva la maquinaria criminal sin necesidad de abandonar la prisión.

El crimen que lo convirtió en uno de los hombres más temidos
Entre todos los expedientes atribuidos a "Saylin", hay uno que continúa provocando indignación.
Las autoridades lo señalan de haber ordenado el asesinato de once menores de edad en el sector de La Pradera, en San Pedro Sula, en el 2014.
Ese fue un caso que estremeció al país por la brutalidad de las víctimas y porque, según la investigación, la orden salió desde el centro penal sampedrano donde permanecía recluido.
Para los investigadores, aquel episodio evidenció hasta dónde llegó el control que todavía ejercía dentro de la Pandilla 18.
La cárcel no rompió la cadena de mando, apenas cambió el lugar desde donde dirigía las operaciones.
Ese señalamiento convirtió su nombre en uno de los más temidos dentro de los expedientes contra las pandillas.

La captura en Chamelecón
Tras meses de investigación y seguimiento, agentes de la Dipampco ejecutaron un operativo que terminó con la captura de Roger Marín Zalavarría Fúnez en el sector de Chamelecón.
Durante la operación en febrero de 2026, le decomisaron, según el informe policial, un fusil AK-47, armas de fuego, municiones, droga y teléfonos celulares.
Era evidencia que reforzó las investigaciones por tráfico de drogas, portación ilegal de armas, asociación para delinquir y otros delitos que figuraron en su expediente.
Las autoridades lo describieron como uno de los principales cabecillas que operaron en ese sector sampedrano.
Un historial criminal que, según las investigaciones, nunca se detuvo
El historial judicial de "Saylin" tampoco comenzó con esta captura, estuvo en prisión en el año 2000 por homicidio y violación.
Luego, volvió a enfrentar la justicia en 2009 por otro homicidio. Sin embargo, las autoridades sostienen que esas condenas no desarticularon la estructura que lideró ni redujeron su capacidad para ordenar actividades criminales.
Para los investigadores, ese fue el sello que marcó su liderazgo: ejercer el control sin exponerse, delegar la violencia y mantener intacta la disciplina de la organización incluso desde una celda.

El miedo no terminó cuando cerraban la puerta de la prisión
La historia de "Saylin" no es únicamente la de un cabecilla capturado, es según las investigaciones de las autoridades, la historia de un hombre que convirtió la prisión en una oficina de mando.
Su influencia alcanzó las calles de San Pedro Sula cuando, en teoría, ya debía estar fuera de circulación.
Porque, para quienes investigaron su estructura, el verdadero problema nunca fue dónde estaba preso.
El verdadero problema era que, aun detrás de los barrotes, sus órdenes encontraron quién las cumpliera.
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