Cada día, Diana Orellana se despierta sintiendo que vive sobre una cuerda floja. Residente en Eagan, Minnesota, esta hondureña que llegó hace más de dos décadas a Estados Unidos dice que su estabilidad se tambalea desde que supo que su Estatus de Protección Temporal (TPS) podría expirar en noviembre.

“El miedo me carcome. ¿Cómo puedes empacar tu vida en dos semanas, dos meses… cómo puedes recogerlo todo?”, se pregunta.

Diatia tiene los ojos puestos en los calendarios migratorios y el alma aún la ata a una vida que construyó lejos de la violencia que dejó atrás.

Un TPS que lleva 25 años buscando paz

Diana llegó a Estados Unidos, huía de tres frentes que marcaron su vida en Honduras: la violencia doméstica, la pobreza extrema y el crimen.

“Sentí como si todo mi mundo se derrumbara”, recuerda, al enterarse de que el Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) primero que anunció la cancelación del TPS que la protegía desde 1999 y que ahora apelará.

Ella no solo es madre soltera de dos hijos, también es abuela. Trabajó durante años en el sector salud y trató de obtener una visa H1-B que le diera una vía legal alternativa, pero el proceso se frustró tras la muerte de su abogado.

“No quiero regresar. La persona que me violó sigue allá. ¿Qué va a pasar si me deportan?”, se pregunta, visiblemente afectada.

Honduras: “Un país en riesgo de ser otra Venezuela”

Para el DHS, Honduras mejoró sus condiciones lo suficiente como para justificar el fin del TPS.

Para Diana, esa afirmación no solo es errónea, es peligrosa. “Honduras no mejoró. En absoluto. Corre el riesgo de convertirse en otra Venezuela”, sentencia.

Y aunque una jueza federal en California suspendió temporalmente la revocatoria del TPS hasta el 18 de noviembre de 2025, la angustia no cesa para quienes, como ella, no tienen otra vía legal para quedarse.

Un limbo compartido por miles

“El proceso sigue, pero el miedo también”, dice Diana. Como muchos beneficiarios del TPS, su historia es parte de una lucha más amplia. “Mi historia no es solo mía… es la historia de muchos”, afirma.

El fallo judicial que extendió la protección por unos meses más llegó como un respiro temporal.

Pero la cuenta regresiva sigue su curso. Si el veredicto no cambia, miles podrían verse forzados a abandonar el país que llaman hogar durante décadas.

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Un regreso a Honduras que no quiere

Diana no toma una decisión definitiva. Pero sabe que, si no hay otro camino, podría dejar Estados Unidos por su propia voluntad, antes de que la obliguen.

“No quiero regresar, pero si no hay otra opción… me tocará”, dice, resignada.

Mientras tanto, sigue su rutina. Cuida de su nieto, trabaja, respira hondo. Espera. Porque, como muchos otros hondureños protegidos por el TPS, su vida se resume en una palabra: espera.