Diecisiete años pueden parecer suficientes para dar por ganada una batalla. Con la rabia humana, sin embargo, bajar la guardia puede abrir nuevamente una puerta que Honduras logra mantener cerrada durante casi dos décadas.

El país acumula 17 años consecutivos sin registrar casos de rabia humana transmitida por perros, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

El resultado coloca ahora a Honduras frente a otro desafío: conseguir que ese cero deje de ser solo una larga racha y se convierta en una eliminación sostenible.

La enfermedad tiene una característica que explica por qué el país no puede confiarse. La rabia transmitida por perros es prevenible mediante vacunación, vigilancia y atención oportuna, pero es mortal una vez aparecen los síntomas.

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Rabia: el cero no se mantiene solo

Detrás de esos 17 años hay una barrera sanitaria que necesita funcionar incluso cuando la enfermedad deja de verse.

La Secretaría de Salud (Sesal), el Servicio Nacional de Sanidad e Inocuidad Agroalimentaria (Senasa), la OPS y Panaftosa trabajan para reforzar los pilares que mantienen bajo control la rabia humana transmitida por perros.

Entre ellos están la vigilancia epidemiológica, el diagnóstico de laboratorio, la investigación de posibles exposiciones y la vacunación canina.

También se trabaja en mejorar la estimación de las poblaciones de perros, actualizar conocimientos sobre la enfermedad y fortalecer la planificación de las campañas de vacunación.

vacunación canina
Personal sanitario realiza jornadas de vacunación canina en el país para prevenir la rabia. Foto: FF.AA. Honduras.

Vacunar al perro para proteger a las personas

La estrategia contra la rabia humana comienza, en buena medida, lejos de los hospitales.

La OPS recomienda campañas masivas anuales capaces de alcanzar coberturas de vacunación de al menos 80 % de la población canina, además de vigilancia, diagnóstico y disponibilidad de profilaxis para las personas expuestas.

Honduras desarrolla estas acciones bajo el enfoque de Una Salud, que conecta la vigilancia de la salud humana con la animal.

No se trata únicamente de aplicar vacunas. Una sospecha debe poder detectarse, investigarse y confirmarse mediante laboratorio, mientras la persona expuesta necesita acceder rápidamente a atención.

Ese engranaje es precisamente el que Honduras intenta fortalecer para evitar que los 17 años sin casos humanos transmitidos por perros terminen convirtiéndose en una falsa sensación de seguridad.

La rabia tampoco termina en los perros

Existe además otra razón para mantener la vigilancia: eliminar la transmisión por perros no equivale a eliminar completamente la rabia.

El virus puede infectar mamíferos domésticos y silvestres y transmitirse a las personas principalmente mediante saliva infectada, a través de mordeduras o arañazos.

En las Américas, mientras los casos relacionados con perros cayeron drásticamente, la rabia transmitida por animales silvestres ganó importancia.

La OPS identifica al murciélago hematófago como el principal transmisor en ese escenario.

Ese cambio obliga a mirar más allá de las campañas de vacunación canina, la vigilancia debe detectar también la circulación del virus entre animales.

Así logrará responder ante exposiciones sospechosas antes de que una infección llegue a convertirse en un caso humano.

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Unas 55.000 personas fallecen al año por rabia, fundamentalmente en países de Asia y África, a pesar de ser una enfermedad «prevenible» mediante la vacunación. Foto: cortesía.

De 300 casos a una reducción del 98 %

La transformación no es exclusiva de Honduras en Las Américas redujeron aproximadamente 98 % los casos de rabia humana transmitida por perros, al pasar de unos 300 casos en 1983 a 11 registrados entre 2025 y julio de 2026.

La meta regional es todavía más ambiciosa: eliminar la rabia humana transmitida por perros en las Américas para 2030.

Honduras parte con una ventaja importante: lleva 17 años sin registrar un caso de ese tipo y trabaja ahora en una hoja de ruta orientada a mantener el resultado y avanzar hacia una futura certificación internacional.

Pero precisamente ahí está la paradoja, cuantos más años pasan sin una víctima, menos visible parece la amenaza.

Y cuanto menos visible resulta, más importante se vuelve sostener aquello que consiguió contenerla.

Mantenerlo ese marcador dependerá de seguir vacunando, vigilando e investigando como si el próximo caso todavía pudiera aparecer.

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