La tarde del 6 de marzo de 2016 parecía una más en el billar Lino #2, un concurrido establecimiento de la colonia Primero de Diciembre, de Tegucigalpa, donde, en minutos, ocurriría una de las masacres más recordadas de Honduras.

A las 5:49 de la tarde, un vehículo se detuvo frente al establecimiento. De él descendieron cinco hombres armados, vestidos con prendas similares a las utilizadas por la Policía Nacional y portando chalecos antibalas. Su apariencia, por tanto, no despertó sospechas inmediatas.

Al ingresar al local anunciaron que realizarían un registro. Lo que siguió fue una ráfaga de disparos que convirtió el billar en una escena de guerra.

Cuando el ruido de los fusiles terminó, doce hombres estaban muertos o heridos de gravedad. El lugar que minutos antes albergaba partidas de billar se transformó en un matadero.

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La masacre en el billar Lino #2 que estremeció Tegucigalpa

Los atacantes utilizaron fusiles AK-47 para disparar contra las personas que se encontraban dentro del establecimiento.

Algunas víctimas intentaron refugiarse detrás de las mesas, otras buscaron la salida, pero no hubo tiempo.

Ocho personas murieron en la escena y a varias las trasladaron al Hospital Escuela Universitario. Cuatro de ellas fallecieron posteriormente debido a la gravedad de las heridas.

El saldo final fue de 12 muertos y tres heridos.

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Quiénes fueron las víctimas

Entre los fallecidos figuraban Óscar Lozano Cruz, Edy Efraín Alemán Sandoval, José Martínez Portillo, Óscar Orlando Corea López, Jorge Alberto Cárcamo Matamoros, Darwin Mendoza Cálix, Carlos Núñez Velásquez y Jorge Alberto Reyes.

Este último era conocido por haber sido jugador del Real Maya de Comayagua. A ellos se sumaron Kevin Fernando Fúnez Varela, Orlin Flores, Daniel Edgardo Yánez y Manuel Adolfo Núñez, quienes murieron después de ser ingresados al centro asistencial.

Las edades de las víctimas oscilaban entre los 19 y los 50 años. La Policía informó que entre los fallecidos estaba un joven mototaxista.

El engaño que facilitó la matanza

Más allá de la cantidad de víctimas, hubo un detalle que hizo especialmente impactante el ataque.

Los asesinos utilizaron la imagen de la autoridad para acercarse a sus objetivos. No irrumpieron disparando desde la calle, ni llegaron encapuchados, solo entraron simulando un procedimiento policial.

Ese engaño les permitió ganar segundos valiosos y evitar cualquier reacción inmediata dentro del local.

La estrategia mostró similitud con otros hechos criminales: el uso de uniformes o prendas similares a las de los cuerpos de seguridad para generar confianza y facilitar ataques armados.

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La recompensa y las preguntas sin respuesta

La magnitud del crimen obligó al gobierno hondureño a reaccionar y las autoridades ofrecieron una recompensa de 22 mil dólares (unos 44 mil lempiras, el cambio era al dos por uno) para quien proporcionara información que permitiera identificar y capturar a los responsables de la matanza.

Horas después del ataque, investigadores localizaron un vehículo abandonado en las cercanías. Dentro encontraron a un hombre muerto, quien presuntamente podía estar relacionado con los hechos.

Los investigadores intentaron establecer si el ataque estaba dirigido contra personas específicas o si se trató de una acción vinculada a disputas criminales más amplias.

La identidad de los responsables y los motivos exactos detrás de la masacre se convirtieron en piezas clave de una investigación compleja.

Cuando los billares se convirtieron en escenarios de muerte

Lo ocurrido en la colonia Primero de Diciembre no fue un hecho aislado, un año antes, otro ataque armado en un billar de la colonia Torocagua dejó cinco muertos y tres heridos.

Los establecimientos de este tipo comenzaron a aparecer repetidamente en las páginas de sucesos como escenarios de ejecuciones, ajustes de cuentas y ataques masivos.

La masacre del billar Lino #2 se convirtió en uno de los símbolos más crudos de aquella época marcada por la violencia.

No fue solamente el número de víctimas, ni tampoco la rapidez con la que actuaron los atacantes, fue la forma.

Cinco hombres aparentaron representar la ley y entraron hablando como policías, caminaron entre las mesas sin levantar sospechas y cuando se marcharon, dejaron detrás doce muertos.

Pero además, familias destrozadas y una de las escenas más brutales que ha visto Tegucigalpa en las últimas décadas.

Años después de la matanza, la justicia hondureña sentó en el banquillo a varios de los responsables.

El Ministerio Público obtuvo condenas contra cinco integrantes de la Pandilla 18 por su participación en el asesinato de las 12 personas que se encontraban en el billar Lino #2.

Una década después, el caso se recuerda como uno de los ataques más brutales de aquellos años, donde un billar pasó de ser un lugar de encuentro y se volvió escenario de una de las peores masacres registradas en la capital hondureña.

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