Edinson apenas tiene cuatro años, pero ya conoce una de las tareas que ayudan a su familia a salir adelante en una zona golpeada por la sequía.
—Abuelo, no les has dado de comer.
El recordatorio es para Juan Bautista, su abuelo de 57 años.
Y los que esperan la comida no son gallinas, cerdos ni ganado, están debajo del agua y son tilapias.
En Colomoncagua, Intibucá, dentro del Corredor Seco, Juan encontró en un pequeño estanque una manera distinta de producir alimento para su familia.
Allí donde las sequías prolongadas y también los excesos de lluvia golpean los cultivos y complican la economía de los hogares, su pequeña cosecha no crece sobre la tierra: nada.
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Un estanque para poner comida sobre la mesa ante la sequía
Juan vive junto a su familia en una región donde depender exclusivamente de la agricultura puede convertirse en una batalla contra la sequía aprieta.
El Corredor Seco centroamericano enfrenta condiciones que pueden reducir las cosechas, afectar la disponibilidad de alimentos y limitar las posibilidades de las familias rurales para generar ingresos de manera constante.
En ese escenario apareció una alternativa: criar peces. Juan participó en procesos de formación impulsados por World Vision, donde recibió capacitación sobre crianza de peces.
También obtuvo alevines y alimento para comenzar la producción y después vino la parte que dependía de él.
Construyó un estanque en su terreno y comenzó a cuidar las tilapias. Lo que inicialmente era una iniciativa para diversificar la producción se convirtió en una nueva fuente de proteína para el hogar y en un apoyo para la economía familiar.
En lugar de esperar únicamente lo que pueda producir la tierra, ahora una parte de la comida también sale del agua.

La pequeña cosecha que nada
La experiencia de Juan muestra a pequeña escala una realidad mucho mayor: en zonas golpeadas por condiciones climáticas adversas, producir alimentos también obliga a buscar alternativas.
El estanque no elimina la vulnerabilidad del Corredor Seco, ni convierte a una familia en inmune a las sequías.
Pero sí amplía sus posibilidades y cada tilapia criada representa alimento que puede llegar directamente a la mesa y una producción que contribuye a diversificar los medios de vida del hogar.
Y alrededor de ese pequeño estanque ocurrió algo que no estaba necesariamente contemplado cuando comenzó el proyecto: su nieto Edinson se convirtió en ayudante.
“Abuelo, quiero darles de comer”
El niño crece bajo el cuidado de sus abuelos y mantiene una relación especialmente cercana con Juan.
Por eso, cuando ve a su abuelo caminar hacia el estanque, sabe perfectamente lo que viene. “Cuando él ve que voy para el estanque, corre a ayudar. Me dice: ‘Abuelo, quiero darles de comer’”, cuenta Juan.
Entonces le entrega un recipiente y Edinson se acerca al agua y alimenta los peces. La rutina se repite tantas veces que el pequeño ya sabe cuándo algo falta.
Si Juan tarda en cumplir la tarea, aparece el recordatorio: “Abuelo, no les has dado de comer”.
Tiene cuatro años y probablemente todavía no comprende conceptos como seguridad alimentaria, adaptación climática o diversificación productiva.
Pero está aprendiendo algo mucho más sencillo: esos peces necesitan cuidados porque algún día ayudarán a alimentar a su familia.

Lo que Juan también está cultivando
El estanque unió dos historias: la primera es la de un hombre de 57 años que encontró una manera diferente de producir alimento en una región donde el clima pone contra la pared a las familias que dependen de lo que cosechan.
La segunda apenas comienza. Es la de un niño que sigue los pasos de su abuelo hasta la orilla del estanque, carga un recipiente entre sus pequeñas manos y aprende a alimentar aquello que después puede alimentar a los suyos.
Juan cría tilapias, pero mientras los peces crecen debajo del agua, alrededor del estanque también crece otra cosa: el conocimiento que un abuelo comienza a dejar en manos de su nieto.
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