En la colonia Sinaí, en el sector de Bonitillo, La Ceiba, la madrugada del 17 de abril de 2025, quedó marcada por la tragedia. A sangre fría dentro de una vivienda, asesinaron a cuatro hermanos de la familia Mayorquín.
Las víctimas fueron identificadas como Cristian Josué (20), Juan David (15), Deysi Fabiola (18) y Génesis Gabriela (13) Mayorquín Silva, además de Wilmer Banegas.
Los sicarios irrumpieron mientras dormían y acabaron con sus vidas, dejando ilesa a la madre de los jóvenes, que presenció la masacre.
Muerte de cuatro hermanos, dolor sin respuestas
“Nosotros estábamos durmiendo cuando escuchamos la tirazón, pero no sabíamos que habían sido mis nietos”, narró entre lágrimas don Luis Alonso Mayorquín, abuelo de las víctimas.
El anciano recordó la vida sencilla de sus nietos: Cristian era pescador y también manejaba una volqueta.
Deysi y Génesis ayudaban a su madre en el cuidado de animales; y Juan David apenas salía de casa. “No entiendo quién o por qué los mataron, si no andaban en malos pasos”, expresó.
La investigación que nunca avanzó
Tras la masacre, la Policía Nacional informó que dos equipos especializados de Tegucigalpa y San Pedro Sula apoyarían la investigación con medios digitales para fortalecer las pesquisas.
Sin embargo, meses después, el homicidio múltiple continúa sin esclarecerse. No hay pistas de los autores materiales, ni capturas que acerquen a la verdad.
La primera hipótesis policial señaló posibles vínculos con el narcomenudeo, pero nada se confirmó ni probó en los tribunales.
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Una herida que La Ceiba no logra sepultar
La colonia Sinaí carga el peso del miedo. “Tengo 22 años de vivir en este sector y ya no me siento seguro”, lamentó el abuelo de las víctimas.
Su relato refleja el sentimiento de toda la comunidad. El asesinato de los cuatro hermanos Mayorquín no se olvida ni se sepulta.
De los ocho sicarios que habrían irrumpido en la vivienda de los Mayorquín no queda rastro. El caso sigue siendo una deuda pendiente de la Policía Nacional.
La impunidad mantiene abierta una herida que duele en La Ceiba y que sigue siendo símbolo de la violencia que asfixia al país.
