Era de madrugada cuando los agentes de la Dirección Policial Anti Maras y Pandillas Contra el Crimen Organizado (Dipampco) irrumpieron en la aldea Guatemalita, caserío La Miraldita, en el municipio de Orica, en Francisco Morazán. La operación que llevó semanas de planificación se ejecutó en una casa camuflada entre pinos, donde hallaron a Mario Roberto Dubón Gómez, un hombre vinculado a la organización conocida como el Cartel del Diablo.

Sobre la mesa, los agentes encontraron tres fusiles AR-15, un AK-47, una escopeta, una granada de fragmentación y chalecos con insignias de la Policía Nacional.

A su lado, medio kilo de supuesta cocaína, marihuana empacada, once cargadores y municiones sin contabilizar.

Era una escena que mezcló narcotráfico y poder armado, la fórmula con la que el Cártel del Diablo ganó terreno en la zona central del país, dicen los agentes.

Cártel del Diablo con símbolos de poder y miedo

El Cártel del Diablo no solo traficó drogas; construía su autoridad sobre la base del temor y la confusión.

Las autoridades encontraron en la vivienda indumentaria con el nombre del grupo impreso, un mensaje claro para quienes osaran desafiar su presencia: nadie escapaba a su control.

Los investigadores del Equipo Fiscal Contra el Microtráfico de Drogas y Asociaciones para Delinquir aseguran que la estructura operaba bajo un modelo híbrido.

Venta y distribución de droga al menudeo en comunidades rurales y urbanas, combinada con intimidación armada usando equipo militar y símbolos policiales falsificados.

Este tipo de infiltración busca dar la apariencia de respaldo oficial, lo que les permite moverse con impunidad.

Cartel del Diablo
Varios distintivos que representan al Cartel Del Diablo se encontraron en el operativo. Foto: Policía Nacional.

La prisión que revela un mensaje

Tras su captura, a Dubón Gómez lo presentaron ante el juzgado competente, donde el Ministerio Público logró auto de formal procesamiento y prisión preventiva.

Se le acusó por los delitos de tráfico de drogas, tenencia ilegal de armas de uso prohibido, tenencia de insignias policiales y posesión de explosivos.

La decisión judicial marca un golpe a la estructura del Cártel del Diablo, aunque las autoridades admiten que aún falta desmantelar los demás eslabones que operan en zonas rurales.

Narcotráfico en expansión: un patrón que se repite

El caso del Cártel del Diablo no es aislado. Honduras enfrenta una mutación del narcotráfico: redes pequeñas, altamente armadas y con presencia local, que se escudan en la geografía y el miedo comunitario.

Estas células, como la desarticulada en Orica, aprovechan la falta de vigilancia estatal para controlar rutas, intimidar aldeas y reclutar jóvenes.

Los expertos coinciden en que mientras las estructuras sean locales, la violencia se volverá más impredecible y cercana.

Ya no se trata de grandes capos, sino de redes que combinan religión, símbolos y armas para mantener la obediencia.

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La cara del crimen en la zona rural de Honduras

La captura de Mario Dubón Gómez es apenas una grieta en una muralla más grande. El Cártel del Diablo representa la cara rural del narcotráfico hondureño: organizaciones que nacen de la pobreza y se fortalecen en la impunidad.

Para las comunidades de Orica, el eco de los fusiles y las insignias falsas es una advertencia.

Aunque uno de sus miembros ya está preso, el verdadero desafío sigue siendo romper el pacto de silencio que el miedo impuso en las montañas.