El Cerro El Duende se alza imponente a 15 kilómetros de Santa Rosa de Copán, en la carretera hacia Ocotepeque. Es un lugar rodeado de varias aldeas como Gualtaya y El Higuito.

Fue allí, entre finales de los años 60 e inicios de los 70, que las cuadrillas de la compañía que contrató el Gobierno intentaron abrir el paso de la carretera CA-4.

Sin embargo, lo que construían de día aparecía destruido al amanecer. La piedra volcánica, de un negro intenso, parecía resistirse a la dinamita.

Los vecinos no dudaron en dar una explicación: aquel cerro tenía dueño, y el Duende no permitía que invadieran su morada.

El rostro del Cerro El Duende tallado en la roca

Quienes trabajaron en la zona aseguran haber visto desde abajo la silueta de un rostro en la montaña: ojos, nariz y hasta una mueca esculpida en la piedra.

Subir a la cima, recuerdan, era adentrarse en un laberinto de grietas y rocas fragmentadas que parecían abrirse con cada paso.

Esa figura pétrea reforzó el temor de que no era una montaña cualquiera, sino un guardián que vigilaba día y noche.

Para los habitantes de Copán, el Cerro El Duende no solo era un obstáculo físico, sino un poder que desafió el progreso.

El accidente que marcó la obra en occidente

Antes del desenlace más oscuro, un accidente dejó claro el peligro de insistir. Durante una voladura con dinamita, parte de la roca cayó sobre los trabajadores, lo que provocó lesiones y obligó a detener la construcción.

Ese hecho se interpretó como la última advertencia del Duende: la carretera no pasaría por allí.

Los ingenieros decidieron desviar el trazo hacia el costado noreste, donde finalmente se levantó el camino que hoy conecta la región.

El pacto y el obrero que nunca volvió

El misterio se profundizó cuando, según cuentan los pobladores, el ingeniero encargado recurrió a una solución desesperada.

Ordenó a un trabajador subir hasta la cúspide del Cerro El Duende con una carta en la mano. La instrucción fue precisa: entregársela a un hombre que encontraría allí arriba.

El obrero obedeció y emprendió la subida, pero nunca regresó. Desde ese momento, los derrumbes cesaron y la carretera se construyó sin mayores tropiezos.

La desaparición quedó marcada como el precio que exigió el Duende para permitir el paso, según el relato de pobladores.

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La leyenda que perdura en Copán

Hoy, quienes miran el Cerro El Duende desde la distancia aseguran que todavía se distingue aquel rostro pétreo que lo hizo famoso.

Para los pobladores no es solo un cerro, sino un lugar que guarda un pacto y un misterio que ninguna maquinaria logró doblegar.

La historia del obrero que nunca regresó sigue transmitiéndose de generación en generación, como recordatorio de que hay fuerzas que no se explican y montañas que se niegan a ser vencidas.