Carolina del Sur, como otros estados del sur de Estados Unidos, es hogar de miles de inmigrantes, entre ellos hondureños, que cada día enfrentan jornadas agotadoras para cumplir con una misión: enviar recursos a sus familias en sus países de origen.

Desde trabajos de construcción, limpieza, y en fábricas hasta labores agrícolas y en lavanderías, hombres y mujeres migrantes dedican más de ocho horas diarias, aceptando sueldos que apenas alcanzan para cubrir los gastos básicos y, con suerte, enviar algo de dinero a Honduras.

Jhonny Ramos, un hondureño que lleva más de dos décadas en Carolina del Sur, describe su vida en Camden, una ciudad a 35 minutos de Columbia.

“No es fácil, pero nos hemos ido adaptando”, cuenta. Como muchos, Jhonny sacrificó años lejos de su tierra natal en busca de oportunidades

Sin embargo, la economía impacta, y los migrantes enfrentan salarios bajos que apenas alcanzan los 13 dólares por hora en trabajos de construcción o electricidad.

“La meta es sostener a nuestras familias, ayudar y salir adelante", dice Jhonny, con un tono de resignación, pero también de esperanza.

En Sumter residen más de 2,500 hondureños, mientras que Camden alberga la mayor concentración, con una comunidad que supera las tres mil personas.

Una economía que desafía a los migrantes

A pesar de su esfuerzo, el incremento en el costo de vida en Carolina del Sur hace que cada dólar ganado sea más necesario y, a la vez, más difícil de obtener.

José Murcia, un hondureño originario de Olancho, explica con amargura la difícil situación económica que enfrentan.

“Antes del Covid, nosotros fijábamos los precios de trabajo. Ahora uno tiene que aceptar lo que salga”, refiere.

Para Murcia, quien lleva tantos años en Estados Unidos que se siente casi más americano que hondureño, las oportunidades parecen más limitadas que nunca.

Compartiendo barrios y trabajos con guatemaltecos y salvadoreños, muchos migrantes centroamericanos viven en condiciones austeras, pagando rentas elevadas en apartamentos pequeños y modestos.

Para ellos, el sueño americano sigue siendo una promesa lejana, empañada por la constante incertidumbre y los retos económicos.

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Los hondureños están ante el temor de la deportación y la llegada de mejores oportunidades para ellos.

El temor a la deportación y la esperanza

El cambio político en Estados Unidos genera miedo y expectativas en la comunidad migrante.

Dulce Arita, una hondureña residente en Carolina del Sur, se muestra visiblemente afectada por el temor a ser deportada tras el regreso de Donald Trump al poder.

Para ella, cada día es un recordatorio del riesgo constante que enfrenta. “Es muy difícil vivir con este miedo”, confiesa entre lágrimas, consciente de que una deportación significaría el fin de su vida en Estados Unidos y el regreso a una realidad que dejó atrás hace años.

Por otro lado, algunos migrantes, como Alex Rodríguez, ven con optimismo la posible llegada de nuevas oportunidades bajo el liderazgo de Trump.

“Si las cosas se mueven, eso crea trabajo”, comenta. Para Rodríguez, la clave está en mantenerse dentro de la ley, confiando en que el nuevo gobierno será severo solo con aquellos que cometieron delitos.

“Trump quiere deportar a quienes hacen cosas malas… No he violado ninguna ley,” afirma con seguridad.

División de opiniones

La elección reciente divide a la comunidad migrante hondureña. Ada Cruz, quien votó por Trump, cree que su elección se debe al deseo de mejorar la economía.

Mientras que Rafael López, un cristiano evangélico, expresa que su decisión estuvo motivada por su desacuerdo con las políticas del partido demócrata sobre aborto y educación de género no binario.

“El mensaje demócrata cayó mal. Alarmó la propuesta sobre el aumento de la educación de género no binario en las escuelas y el énfasis en el acceso a los abortos”, explica López, convencido de que su voto representó un acto de defensa de sus valores.

Para muchos, esta fue una elección de esperanza: una apuesta porque el nuevo gobierno cambie la situación económica y les dé mejores oportunidades de trabajo.

Sin embargo, también es una apuesta arriesgada en la que saben que un giro en las políticas migratorias podría complicarles la vida en cualquier momento.

Esperanza de un futuro estable

Más allá de las dificultades económicas y los desafíos políticos, lo que realmente une a estos hondureños es la esperanza de que algún día puedan vivir en Estados Unidos con la seguridad de la legalización.

Muchos llevan años contribuyendo a la economía del país, criaron a sus hijos en territorio americano y, en esencia, echaron raíces profundas en esta tierra lejana.

Con el nuevo gobierno, esperan que se promuevan políticas de regularización que les permitan, después de tantos años de trabajo, obtener el estatus legal que tanto anhelan.

“Queremos quedarnos aquí, ayudar, trabajar, contribuir… Solo pedimos una oportunidad de vivir sin miedo”, dice José Murcia, quien sueña con ver a su familia establecida en un país donde las oportunidades puedan llegar algún día a todos.

Un futuro incierto

La historia de los hondureños en Carolina del Sur es, en el fondo, una historia de perseverancia.

Cada uno de ellos enfrenta desafíos que muchos no pueden imaginar, pero siguen adelante.

Para los hondureños, el sueño americano sigue vivo, aunque frágil y bajo amenaza con el nuevo gobierno.

Saben que el futuro es incierto, pero mientras tengan fuerza, seguirán trabajando, soñando y buscando un lugar al que puedan llamar hogar, donde puedan vivir sin temor y con la dignidad que tanto merecen.