El 31 de octubre de 2014 amaneció con promesa espiritual. Un grupo de 57 Testigos de Jehová abordó un autobús en la colonia San Carlos, Choloma, rumbo a Las Flores, Lempira.

Viajaron con alegría, Biblia en mano, con el propósito de compartir su mensaje de fe. Pero la carretera occidental les cambió el destino.

A medio trayecto, en San Juan de Opoa, el autobús se precipitó. Las escenas que siguieron fueron desgarradoras.

El conductor, Jaime Vásquez Meraz, murió al instante. A su alrededor, cuerpos sin vida, gritos de auxilio, metal retorcido y una comunidad rota.

El accidente dejó 14 muertos, incluidos tres niñas de entre 8 y 14 años. Las flores que llevaban en el corazón quedaron esparcidas entre el lodo, la sangre y el dolor.

Choloma: víctimas con nombre y rostro

Los nombres se convirtieron en eco de luto: Antonio Castillo (60) y su esposa Carmen, Edwin Sorto, Reina Lagos, Bernardo Vásquez.

También, Emilia Zelaya, Miriam Cruz, Dulia Rivas, Josefa de Vásquez, Emily Romero Zelaya, de tan solo 8 años, y el motorista.

El país entero se conmovió. Dos cuerpos más fueron hallados entre el amasijo de hierro días después.

No era una caravana cualquiera. Era una misión de amor y enseñanza que terminó convertida en duelo nacional.

Las imágenes del autobús destruido circularon por todo Honduras. Pero más impactantes fueron los rostros de quienes los esperaban al otro lado, y solo recibieron noticias de muerte.

44 sobrevivientes y un país quebrado

Milagrosamente, 44 personas sobrevivieron, aunque muchas con lesiones graves. Adelio Murillo, Marilyn Miranda, Elmer Fermán, Abigail Aguilar, Héctor Jonathán Rivera, Roni Fernando López y más de treinta nombres pasaron de la prédica al quirófano, del canto a la terapia intensiva.

Algunos, como Juana Rivera, fueron trasladados al Hospital Mario Catarino Rivas en estado crítico.

Otros fueron dados de alta días después, pero el trauma emocional sigue intacto. Las heridas no solo quedaron en los cuerpos, sino en el alma de Choloma.

El luto de una comunidad que nunca se repone

Al día siguiente, Choloma se paralizó. Nueve ataúdes recibieron el último adiós en un funeral colectivo.

Tres mil personas acompañaron a las víctimas con cantos, abrazos y lágrimas. El aire era denso.

El silencio pesó más que cualquier palabra. No había cámaras suficientes para captar la dimensión del sufrimiento.

“Estamos agradecidos por el enorme apoyo que nos han brindado la comunidad y distintos organismos que acudieron en auxilio de las víctimas de esta tragedia”, dijo José Castillo, portavoz de los Testigos de Jehová.

Lea también: Honduras busca frenar la otra epidemia: los accidentes viales

Una década después, Choloma no olvida

Han pasado los años, pero para Choloma octubre huele a pérdida. La carretera aún guarda el eco del llanto.

Las familias que perdieron a sus seres queridos siguen con la fe intacta, pero con el corazón marcado.

Las sillas vacías en los hogares, las Biblias sin abrir, los caminos que nunca volvieron a recorrerse, son parte de una herida que no cicatriza.

La tragedia del autobús fue más que un accidente: fue una sacudida a la vida misma, a la seguridad, a la esperanza.

Fue el día en que Choloma se quebró. Y en cada aniversario, en cada oración, los nombres de los 14 regresan. No por morbo, sino por memoria. Porque no hay viaje de fe que deba terminar en muerte.