Junio de 2018 quedó marcado en el penal de Yoro como una grieta que no solo atravesó una pared, sino que dejó al descubierto los vacíos de control dentro del sistema penitenciario. Esteban Gumercindo Ferrera Rosales, alias El Diablo, no escapó solo, lo hizo junto a otros seis privados de libertad, en un movimiento que no dependió de la fuerza, sino de la paciencia, el cálculo y el silencio.
El plan se ejecutó lejos de la mirada de los custodios. Durante días, los reclusos abrieron un agujero en una de las paredes del presidio hasta crear un conducto lo suficientemente amplio para cruzarlo.
Esperaron el momento preciso, ese en el que la vigilancia se diluye y el descuido se vuelve rutina.
Entonces salieron. Del otro lado no había un muro, sino el terreno contiguo al jardín de niños José Trinidad Reyes, un punto que terminó siendo la ruta de escape.
Cuando los celadores descubrieron el boquete, la fuga ya estaba consumada. La Policía Nacional activó la búsqueda, cerró accesos y comenzó a seguir rastros en las zonas cercanas.
Horas después, tres de los siete fugitivos volvieron a caer, entre ellos El Diablo. Pero la señal ya estaba enviada: el sistema se vulneró desde adentro.
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"El Diablo" y la recaptura que lo empujó a otro nivel
La recaptura de El Diablo vino acompañada de una etiqueta que cambiaría su trayectoria: privado de libertad de alta peligrosidad.
Esa clasificación definió su traslado inmediato a Ilama, la cárcel de máxima seguridad, donde el encierro ya no es solo castigo, sino convivencia con estructuras más organizadas.
En Ilama, según autoridades, lo ubicaron en el recinto de la Pandilla 18. Ese movimiento, terminó colocándolo en un entorno donde el crimen no se improvisa, se aprende. Allí, lejos de aislarse, comenzó a observar dinámicas, a entender jerarquías y a tejer relaciones que más tarde marcarían su forma de operar.
El paso por máxima seguridad no lo desarticuló, lo reconfiguró. El Diablo dejó de ser un actor menor para convertirse en alguien capaz de escalar dentro de una lógica criminal más estructurada. La prisión no lo frenó, lo afinó.

El regreso: más que libre, más peligroso
Su historial judicial registra ingresos por posesión de armas, tráfico de drogas y evasión.
Sin embargo, más allá de los delitos, lo que pesa es la secuencia: fuga, recaptura, traslado y aprendizaje.
Un recorrido que, según autoridades, explica por qué su regreso a Yoro en 2024 no pasó desapercibido.
Salió de prisión, pero no como entró, volvió con experiencia acumulada, con contactos construidos y con una forma distinta de entender el crimen.
Ya no se trata de acciones aisladas, sino de una estructura que, según se señala, comenzó a consolidar con apoyo de integrantes vinculados a la Pandilla 18.

Miedo y control territorial
Hoy, su nombre no se menciona solo como antecedente, se asocia a control territorial, a miedo impuesto y a comunidades que modificaron su rutina para evitar convertirse en parte de una lista que sigue creciendo.
La fuga de 2018 no lo liberó. La caída lo redirigió y el paso por Ilama, lejos de contenerlo, terminó por convertirlo en una amenaza más compleja.
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