Mucho antes de que su nombre circulara ligado a un hecho violento en una aldea de Yoro, Esteban Gumercindo Ferrera Rodas, alias “El Diablo”, ya figuraba en los registros policiales.
El 14 de marzo de 2012, lo denunciaron en San Pedro Sula por el delito de hurto de arma de fuego en perjuicio de una empresa de seguridad.
Ese fue un antecedente que no solo lo colocó en el radar de las autoridades, sino que anticipó una relación persistente con el manejo de armas.
Ese primer registro no marcó un punto de inflexión, sino el inicio de una línea que, con el tiempo, se volvería más densa.
El acceso a armas, lejos de ser un hecho aislado, apareció como un elemento recurrente dentro de su entorno, una constante que más adelante emergió en contextos de mayor violencia.
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"El Diablo" y una violencia que expuso lo que ya venía detrás
Para el 13 de septiembre de 2013, ese rastro previo se hizo visible de forma más cruda.
En la aldea El Mogote, en Yoro, un hombre resultó herido de bala y, según su relato, el responsable no logró escapar porque los propios pobladores reaccionaron antes que las autoridades y lograron retenerlo.
Cuando la Policía llegó al lugar, no encontró a un sospechoso en fuga, sino a un hombre ya señalado y contenido por la comunidad.
Se trataba de "El Diablo", quien al momento de su detención formal portaba un arma de fuego tipo revólver, cerrando así un círculo que conectó directamente con su antecedente de 2012.
El disparo no era un hecho aislado, sino la continuidad de un perfil que ya venía tomando forma.

Un historial que siguió creciendo dentro del sistema
Lejos de detenerse, su trayectoria continuó acumulando episodios. Para el 13 de febrero de 2016, Ferrera Rodas volvió a ingresar al sistema penitenciario en el marco de un nuevo proceso judicial, ampliando aún más un expediente que ya mostraba señales claras de reincidencia.
Durante ese periodo, incluso protagonizó una fuga en el penal de Yoro, pero lo recapturaron y posteriormente lo condenaron por el delito de evasión, cumpliendo una pena de cinco años.
Sin embargo, más allá de esa condena puntual, su caso reflejó cómo distintos procesos pueden avanzar de forma fragmentada, dejando partes del expediente sin un cierre definitivo.

Lo que deja ver su trayectoria
El caso de “El Diablo” no se explica únicamente por un hecho violento ni por una captura específica, sino por la acumulación de antecedentes que se fueron encadenando a lo largo del tiempo.
Desde 2012, su nombre aparece vinculado a distintos delitos, configurando un perfil que permaneció dentro del radar de las autoridades sin que eso derivara en una contención sostenida.
Fueron los propios pobladores que antes que lo capturara la Policía, lo retuvieron, esa fue la reacción de una comunidad frente a la violencia.
Mostró, también las grietas de un sistema que, pese a registrar los antecedentes, no logra frenar a tiempo trayectorias que terminan repitiéndose.
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