Era miércoles 19 de marzo de 1987, cuando el guardia de turno de la cárcel Modelo de Bogotá se percató de algo que heló la rutina del penal. La celda donde debía estar Juan Ramón Matta Ballesteros, el hondureño más temido y vigilado por la DEA, estaba vacía.

No hubo alarmas ni disparos ni forcejeos. Solo silencio. Matta desapareció sin dejar rastro.

El informe oficial, redactado a toda prisa, confirmaría lo que parecía imposible: el hombre que detuvieron once meses antes pasó por diez puertas y evadió la vigilancia de diecisiete guardias.

No rompió candados ni hubo violencia; simplemente se esfumó.

La captura de Matta que antecedió la fuga

Un año antes, en 1986, Mike Vigil, entonces jefe de Operaciones Internacionales de la DEA, lideró la operación que logró capturar a Matta.

Después de veinte años de persecución, el hondureño cayó en Bogotá tras una minuciosa vigilancia.

Vigil recuerda que, al ser apuntado por los agentes, Matta alzó las manos y le dijo una frase que se le quedó grabada: “Por favor, no me mates. De una cárcel puedo salir, pero de una tumba no”.

Aquella frase resultó casi profética. De la cárcel, efectivamente, saldría. Tras su captura, fue recluido en La Picota, y luego trasladado a la Modelo, supuestamente por razones de seguridad. Nadie imaginó que ese cambio sería el inicio de su fuga más legendaria.

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Diez puertas y diecisiete guardias

La enfermería fue su punto de partida. Matta compartía ese espacio con el banquero Félix Correa, quien más tarde confirmaría que aquella mañana nada parecía fuera de lo normal.

Sin embargo, a media mañana, Matta ya no estaba. Para llegar a la salida, el hondureño tuvo que cruzar diez accesos internos, algunos controlados por doble cerradura y otros por presencia de custodios.

En total, diecisiete guardias estaban asignados a la vigilancia de su pasillo y las puertas hasta la portería principal.

Ninguno lo vio pasar. Ninguno oyó nada. El reloj marcó las 10:30 a. m. cuando se dio la voz de alarma. Para entonces, el capo ya había desaparecido.

Ramón Matta: una fuga envuelta en misterio

Las versiones sobre cómo logró escapar son múltiples. Algunos informes sostienen que recibió ayuda interna, otros que fue disfrazado con uniforme médico y escoltado bajo una orden falsa. Nada se comprobó.

El gobierno colombiano reaccionó con indignación. Se abrieron investigaciones, se destituyeron funcionarios, pero a ningún responsable se condenó.

El expediente de la fuga se convirtió en un cúmulo de hipótesis sin respuestas. Para la DEA, aquella fuga fue un golpe demoledor.

“Habíamos logrado lo que nadie en veinte años, y en menos de uno se desvaneció”, diría más tarde Mike Vigil, aún sorprendido por la perfección del escape.

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Matta, el hombre que no podía ser contenido

El escape de Bogotá consolidó el mito. Matta Ballesteros no solo era un capo con poder económico, sino también un estratega con paciencia y precisión quirúrgica.

Sabía cómo moverse, a quién acercarse y, sobre todo, cuándo actuar. Su salida de la cárcel sin disparos ni violencia fue una demostración de control absoluto.

Ningún otro narcotraficante de su época logró un acto similar bajo tanta vigilancia. Aquel día, el hondureño que pidió no morir cumplió su palabra: salió de la cárcel, no de una tumba.