“Pasé el portón ese y es como pasar a otro mundo… empecé a ver por todos lados perros, gallinas, niños pequeños corriendo, hombres, mujeres… era una cosa horrorosa”, así describe una colombiana el momento en que cruzó los muros de la entonces cárcel de San Pedro Sula, donde permaneció recluida entre 2010 y 2017.

Paula Restrepo no exagera, es su relato de esa primera impresión de un encierro que no respondía a ninguna lógica institucional y que, desde el primer paso, dejó claro que el Estado no mandaba ahí dentro.

Su testimonio, narrado en el pódcast Más Allá del Silencio del periodista colombiano Rafael Poveda y también en su libro Entre rejas y balas, reconstruye una década dentro de un sistema penitenciario donde el crimen organizado no solo convivía con las autoridades, sino que imponía sus propias reglas.

Antes de su captura, la vida de Paula Restrepo, en Colombia fue pareja sentimental de Carlos Castaño Gil, exjefe paramilitar, una relación de los años 80, que, según contó, estuvo atravesada por el miedo, el control y episodios que la dejaron expuesta a dinámicas propias del mundo criminal.

Ese pasado no solo la acompañó hasta Honduras, sino que, ya en prisión, terminó por hacerla visible dentro del penal, donde algunos internos la reconocieron por entrevistas que había dado antes de su captura.

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La cárcel, una colombiana, la caída y engaño

Paula llegó a Honduras en mayo de 2010, empujada por una situación económica que la llevó a aceptar una propuesta que, en apariencia, era simple: transportar dinero hacia Colombia a cambio de una comisión.

No viajó sola. Convenció a dos amigas de acompañarla, creyendo que se trataba de una operación controlada.

Antes de entrar a ese mundo, hubo señales que Paula no ignoró, pero que ya no pudo detener.

En el hotel cinco estrellas donde les entregaron las maletas, lo que encontró no coincidía con la promesa de una operación “segura”.

“Tenía como unas tablas pegadas… con unos brochazos que creo que todavía estaban frescos. Olían a pura pintura”, recordó.

Aquello no parecía un trabajo profesional, sino una improvisación evidente. “Eso era una chambonada”, dijo.

Tampoco hubo claridad sobre la cantidad del dinero que transportarían. Les dijeron que eran unos 200 mil dólares, pero la cifra real era mucho mayor.

Paula lo descubrió cuando ya era demasiado tarde, cuando fue detenida en el aeropuerto y comenzaron a abrir las maletas.

“Me di cuenta que yo traía aproximadamente medio millón de dólares, de los cuales las autoridades solo registraron 157 mil dólares. El resto se lo repartieron como si estuvieran en una piñata”.

Antes de pisar la cárcel, Paula ya había visto cómo funcionaba la corrupción en Honduras.

Libro sobre lo vivido en la cárcel de Paula Restrepo.
Este es el libro que escribió la colombiana Paula Restrepo tras pasar 10 años presa en Honduras, siete de ellos en la entonces cárcel de San Pedro Sula.

Del aeropuerto a la fiscalía: el miedo empieza a tomar forma

En el aeropuerto, el miedo se volvió físico, a Paula el cuerpo le temblaba y apenas podía sostener la calma. Cuando los agentes la interceptaron, supo que no había salida.

“A mí ya el corazón se me estaba saliendo… me tuve que meter las manos en los bolsillos porque estaba temblando”, relató.

Tras admitir que llevaba dinero, la detuvieron y trasladaron bajo condiciones que marcaron el inicio de su descenso.

“Me montaron en una camioneta… me pusieron un pasamontañas, me tiraron al piso, me ponían los pies encima”, recordó.

El calor, la presión y la falta de aire la llevaron al límite. “Yo me estaba literalmente ahogando… empecé a vomitar y me estaba ahogando con mi propio vómito”.

En medio de la desesperación, intentó negociar su libertad, ofreció dinero, suplicó, buscó cualquier salida posible. Pero nada funcionó.

Después de ese traslado, llegó a un búnker de la fiscalía y, poco tiempo después, fue enviada al penal de San Pedro Sula.

Paula y su paso por la cárcel de San Pedro Sula.

El penal: un territorio sin Estado

Lo que encontró al entrar no fue un sistema penitenciario, relata que era un ecosistema dominado por estructuras criminales.

Los internos se movían con libertad, las armas circulaban sin ocultarse y las jerarquías no dependían de autoridades formales, sino del poder que cada quien ejercía dentro del encierro.

La línea entre custodios e internos no era clara, el control no estaba en manos del Estado y Paula lo entendió en cuestión de minutos.

“Yo soy el rey”: el poder que mandaba dentro de la cárcel

Tras su llegada al penal, a Paula la llevaron a la enfermería. Allí vio a varios hombres armados con fusiles, pistolas y granadas. En medio de ese grupo, había un hombre recostado en una camilla que se incorporó, se arrancó el suero del brazo y la miró fijamente.

“Yo soy el rey, yo soy el toro, yo soy el patrón”, le dijo Francisco Brevé, conocido en el penal como "Don Brevé", quien asumió el control de la cárcel ("el presidio") tras la muerte de otros líderes. Era el hombre fuerte de los "paisas" (presos no pandilleros).

Luego "Don Brevé" fue más claro aún: Yo soy el que mando acá… yo aquí decido quién vive y quién muere, quién entra y quién sale”.

En ese momento, Paula entendió que cualquier error podía costarle la vida. “Yo dije: aquí fue… hoy me muero”, recordó.

Ese hombre no solo dominaba el espacio, sino que era quien definía las reglas, los castigos y el orden dentro del penal.

cárcel de San Pedro Sula
Los privados de libertad más solventes pagaban por tener acceso a cuartos privados, el pago variaba según el perfil del interno. Foto: cortesía.

Sobrevivir: aprender a no ser vista como amenaza

Los primeros días fueron una prueba constante para Paula, no tenía ropa, no tenía recursos, ni aliados. Lo único que tenía era miedo.

Aprendió a observar, a medir sus palabras, a no desafiar, también aprendió que, incluso en los lugares más hostiles, existen figuras inesperadas.

Una mujer que apenas conocía le dio ropa el primer día. “Ese fue el primer ángel que me encontré allá”, recordó.

En su historia contó que otros internos marcados por la violencia, terminaron convirtiéndose en puntos de apoyo en medio del caos. Pero nada de eso eliminó el peligro, solo lo hacía soportable.

La cárcel como negocio: pagar por sobrevivir mejor

Dentro de la cárcel de San Pedro Sula, el dinero no perdía valor, al contrario, definía la calidad de vida. Quien tenía recursos podía acceder a espacios privados, comodidades y privilegios impensables en una cárcel.

“El que tenía plata podía hacer lo que le daba la gana”, explicó Paula, ella asegura que pagó unos 20 mil dólares para estar en un cuarto privado.

Habló de intermediarios que articulaban la relación entre el jefe del penal —quien realmente gobernaba—, los administradores y los directores, en un esquema donde el dinero se repartía entre todos.

La cárcel no era solo un lugar de encierro, también funcionaba como un sistema donde el estatus y la capacidad de pago definían las condiciones de vida.

Según su testimonio, el propio administrador coordinaba la salida de privados de libertad hacia centros comerciales: algunos pagaban hasta cinco mil dólares, mientras que otros, de menor rango, desembolsaban alrededor de dos mil para ir al “malls”, acompañados por custodios vestidos de civil.

Paula vivió bajo esa lógica, aprendió a sobrevivir, a moverse dentro del miedo y a entender que la ley que importaba no era la escrita, sino la que se imponía cada día dentro del penal.

En la próxima entrega:

Cómo cayó el segundo “toro” en la cárcel de San Pedro Sula, que amenazó con violar y descuartizar a Paula en el penal sampedrano, y por qué su muerte desató una de las escenas más brutales dentro del penal.

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