El pick-up negro quedó detenido en una calle de Siguatepeque tras la masacre, pero lo que realmente contaba la magnitud del ataque estaba en el vidrio frontal: una sucesión de impactos de bala.
Dentro del vehículo viajaban tres personas y ninguna sobrevivió. Eran dos hombres y una mujer que fueron atacados a tiros en el barrio El Carmen, cerca del desvío que conduce hacia La Esperanza, Intibucá.
La masacre ocurrió el tres de febrero de 2018 y dejó una escena difícil de ignorar y tres familias sumidas en el dolor.
Los víctimas las identificaron como German Antonio Melgar Mejía (36), Jennifer Rosalie González Ramírez (19) y Luis Alfredo García (conductor).
A Luís le pidieron que les hiciera un viaje a la capital para retirarse un clavo ortopédico en el hospital.
Pero aquella historia comenzó, y prácticamente terminó, alrededor del mismo vehículo.
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La masacre ocurrió dentro del pick-up
Las víctimas se movilizaban en un pick-up negro por el barrio El Carmen cuando los interceptaron y después vinieron los disparos.
No fue un tiro aislado ni un ataque que dejara demasiado espacio para imaginar lo ocurrido, ´pero el vehículo recibió múltiples impactos, principalmente sobre el vidrio frontal.
Los tres ocupantes quedaron dentro. La calle 21 de Agosto, cerca de la salida hacia La Esperanza, pasó entonces de ser una vía de circulación a convertirse en escenario de una masacre.
Los primeros reportes no precisaron cuántas personas participaron en el ataque ni desde dónde dispararon.
Tampoco establecieron públicamente qué había detrás de aquella emboscada y lo que sí quedó frente a los investigadores fue el pick-up.

El vidrio que recibió buena parte de los disparos
Ocho años después, uno de los elementos más contundentes de aquella escena es la cantidad de impactos que quedaron marcados sobre el vehículo.
Especialmente en el parabrisas, los disparos permiten dimensionar la violencia del ataque, pero no explican su origen.
Los reportes iniciales consultados hablaron de una interceptación y de individuos que abrieron fuego reiteradamente contra los ocupantes.
No establecían públicamente un móvil, tampoco explicaron si las víctimas recibieron amenazas, si existía algún conflicto previo o quién ordenó el crimen.
Esa ausencia de respuestas fue otra parte de la historia.

Tres personas entraron en la estadística de la violencia
Aquella jornada dejó tres muertos dentro de un mismo vehículo y una escena marcada por los disparos en pleno Siguatepeque.
La Policía llegó, acordonó la calle y abrió una investigación. Después, como ocurre con tantos expedientes violentos que desaparecen del ruido público, la masacre de Siguatepeque dejó de ocupar titulares.
Pero quedó aquella imagen: un pick-up negro detenido en El Carmen, tres personas dentro y un parabrisas agujereado por las balas.
Ocho años después, el vehículo sigue contando la parte de la historia que nunca necesitó explicación: quienes dispararon no llegaron para amenazar. Llegaron para matar.
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