En el norte de Honduras, Yoro ha sido por años un territorio donde las fronteras entre la legalidad y el crimen se desdibujan. En medio de ese escenario se movía El Pollo, como le conocían en las calles y en los círculos del bajo mundo.
Óscar Roberto Melara Botho cargó un historial que lo ponía en la mira de las autoridades: lo detuvieron por asesinato, portación ilegal de armas y vínculos con el microtráfico.
Aun así, siempre encontró la forma de volver a caminar libre por las calles que lo temían.
El subcomisionado de Policía Eduardo Rivera, conoció de cerca su historial, lo recuerda como un hombre desafiante.
“Yo lo desarmé en varias ocasiones porque portaba el arma de manera visible e intimidaba a la población; se le decomisaron más de tres armas”, relató.
Pero los desarmes y detenciones no bastaron. “El Pollo” operó con soltura, protegido por el miedo y las alianzas que tejió a lo largo de los años.
El Pollo con enemigos a la vuelta de cada esquina
Las autoridades manejan dos hipótesis que podrían explicar su violento final: un ajuste de cuentas entre bandas ligadas al microtráfico o una venganza personal.
Ambas parecen entrelazarse en una historia donde los límites entre negocios ilícitos y rencores antiguos son difusos.
En Yoro, el control de las rutas, los puntos de venta y los favores comprados son motivo suficiente para desatar una guerra.
Y El Pollo, según versiones de las autoridades, no solo comerció con drogas; también habría ordenado la muerte de un rival, un hecho que posiblemente selló su sentencia.
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El ataque en el gimnasio: un crimen calculado
La mañana del ataque parecía rutinaria. Eran las 7:30 cuando seis hombres llegaron a bordo de un Mitsubishi color naranja plateado.
Vestían uniformes similares a los militares, chalecos similares a los que usan los agentes de la ATIC y pasamontañas. No buscaron confundir a nadie: sabían a quién iban a matar.
Apartaron a las personas que no tenían relación con su objetivo y luego descargaron sus armas con precisión.
En segundos, el gimnasio se convirtió en un campo de muerte. Además de “El Pollo”, murieron Néstor Lenin Lara Claros, de 26 años; Carlos Noé Lezama Giménez, de 43; y José Antonio Pérez Quijada, de 20.
Solo uno de ellos era su guardaespaldas. Los otros dos eran empleados de confianza que llegaron a dejarle agua.
La brutalidad del ataque estremeció a Morazán y a todo el departamento de Yoro. Fue la masacre número 27 del año 2025.
Ese ataque dejó claro que el crimen organizado en la zona no solo se mueve en silencio, sino también con una logística militar que desafía a las autoridades.
El legado de la violencia en Yoro
Tras la masacre, la Policía reforzó la presencia en los municipios cercanos, intentando contener una ola de asesinatos que parece no detenerse.
Sin embargo, más allá del operativo, la muerte de “El Pollo” dejó una señal clara: en Yoro, los equilibrios del poder criminal se resuelven con balas.
Melara Botho no era un desconocido. Su nombre circuló en expedientes, en murmullos de barrio y en los reportes de inteligencia.
Su caída no solo elimina a un presunto cabecilla del microtráfico, sino que reconfigura un tablero donde cada vacío de poder se llena con sangre.
El asesinato de “El Pollo” Melara no fue un hecho aislado, sino el reflejo de una tierra donde la impunidad y el miedo mandan.
En Yoro, los ecos de ese ataque todavía resuenan entre la gente, que prefiere callar antes que señalar.
El gimnasio donde cayó guarda en sus paredes la memoria de un hombre que fue tanto verdugo como víctima de su propio mundo.
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