El 30 de julio de 2025, Ricardo Martínez Cantarero, hondureño, salió de su casa en Richmond rumbo a su trabajo en una obra del condado de Henrico.
Su madre, como cada día, le preparó el desayuno y el almuerzo. En el camino, un vehículo sin identificación lo hizo detenerse.
Pensó que era una parada de tráfico, pero al ver a los agentes supo que eran del ICE.“En ese momento sentí que el peso del mundo caía sobre mí”, escribió en la carta que días después se leyó frente al Ayuntamiento de Richmond.
Hondureño: “No tenía derecho a llamar a mi mamá”
Según relató, los agentes apagaron sus cámaras corporales y no mostraron orden judicial.
Intentó identificarse y llamar a su madre, pero uno de ellos rodeó el carro, golpeó y rompió la ventanilla.
“Me empujaron y me sujetaron de forma que me hicieron daño. Me dijeron que no tenía derecho a llamar a mi mamá”, recordó.
Mientras tanto, en casa, su madre desconocía lo que pasaba. El jefe de Ricardo la llamó preocupado por su ausencia.
Fue cuando contactó a la policía para denunciar su desaparición, sin saber que su hijo ya estaba bajo custodia para ser deportado.
Traslados, grilletes y humillación
A Ricardo lo llevaron a la oficina del ICE en Midlothian, donde lo encerraron con otros 19 trabajadores detenidos ese día.
Más tarde, los trasladaron a la Cárcel Regional de Riverside. Allí presenció cómo un hombre con diabetes pedía insulina sin recibirla, hasta que sufrió una convulsión y se golpeó la cabeza.
Al día siguiente lo regresaron a Midlothian. Un oficial le comunicó que sería deportado.
Se negó a firmar documentos y a poner sus huellas, argumentando que su vida corría peligro en Honduras.
“Dos oficiales me agarraron y me obligaron físicamente a dejar mis huellas”, denunció.
“Carne fresca” y el vuelo al exilio
Posteriormente, lo trasladaron al Centro de Detención Caroline, donde oficiales les gritaron “¡carne fresca!”.
Esa noche durmió allí antes de volver a Midlothian y ser llevado al aeropuerto de Richmond.
Con grilletes en pies, manos y cadera, subió a un avión que hizo escala en Houston y en una base militar en Luisiana antes de llegar a Honduras.
“Si no fuera por un programa del gobierno hondureño para personas deportadas, me habría quedado varado", relata en su carta.
Y agrega: "Ahora estoy aquí, no salgo de casa. Hace días mataron a un joven de 17 años. No me siento seguro. Extraño a mi mamá y a mi hermano. Extraño mi hogar”, escribió.
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Una carta que movilizó a Richmond
Su testimonio se leyó el 11 de agosto ante un centenar de manifestantes frente al Ayuntamiento de Richmond.
Entre pancartas y consignas, exigieron que el ICE deje de operar en la ciudad y denunciaron que casos como el de Ricardo son parte de una realidad más amplia y dolorosa: la deportación de quienes buscan un futuro seguro.
