A ojos del Departamento de Estado de Estados Unidos, Honduras pasó a ser desde inicios de la década del 2000 un verdadero aeropuerto de la mafia del narco.

El dato que encendió las alarmas llegó en 2010: de cada 100 vuelos cargados con cocaína que partieron de Suramérica, 79 hicieron escala en territorio hondureño antes de saltar hacia México.

Una cifra que no solo confirmó la magnitud del negocio, sino también que el país se convirtió en la pista predilecta del narco.

No era casualidad. La combinación de costas extensas, zonas selváticas de difícil acceso y una institucionalidad debilitada convirtió a Honduras en un refugio ideal para las operaciones criminales.

Desde ese entonces, los nombres de clanes colombianos comenzaron a sonar con fuerza en La Mosquitia, Gracias a Dios, Colón, Roatán y Yoro.

Honduras, el punto estratégico del narco

La ubicación geográfica de Honduras, su débil control fronterizo y la corrupción en sectores clave crearon el escenario perfecto para que el país se convirtiera en el aeropuerto del narco.

Desde allí, los clanes colombianos consolidaron rutas, tejieron alianzas con grupos locales y fortalecieron un corredor que, aún hoy, sigue activo.

La ruta aérea del narcotráfico en Honduras

En los densos bosques de La Mosquitia, la evidencia habló por sí sola: decenas de avionetas con bandera colombiana, muchas procedentes del aeropuerto Vanguardia en Villavicencio, que encontraron tras descargar su mercancía.

Los cielos hondureños se convirtieron en autopistas invisibles, con vuelos provenientes de Colombia y Venezuela que aterrizaron en pistas clandestinas o improvisadas.

Yoro fue otro punto neurálgico, donde las carreteras se transformaron en corredores silenciosos del tráfico.

El desembarco de capos colombianos disparó la violencia y llevó al entonces presidente Porfirio Lobo (2010-2014) a solicitar ayuda internacional para enfrentar a los carteles.

El “Flaco” colombiano que llegó a Honduras

Uno de los casos más emblemáticos fue el de Alexander Montoya Úsuga, alias “el Flaco”, heredero del temido clan Úsuga y pieza clave de la banda criminal de los Urabeños.

Según la Policía de Colombia, el capo viajó a Honduras en un avión robado de un hangar del aeropuerto El Dorado, en Bogotá.

A la aeronave la cargaron con cocaína en Carepa, Antioquia, y aterrizó en la isla de Roatán, en plena costa caribeña hondureña.

Para las autoridades estadounidenses, ni el arribo del vuelo ni la captura del capo en La Ceiba fueron una sorpresa.

La información que circuló desde años señaló que la mafia colombiana operó con fuerza en zonas como La Mosquitia y Gracias a Dios.

Lo hicieron en alianza con grupos locales dedicados a mover toneladas de clorhidrato de cocaína hacia carteles mexicanos como Los Zetas, en ese entonces.

Los movimientos de los capos en suelo hondureño

Capos como “El Flaco” se movía con discreción, pero no con suficiente sigilo. Este hombre arrendó tres propiedades en La Ceiba.

Utilizó la isla de Roatán y el puerto local como puntos estratégicos, y coordinó desde allí el envío de cargamentos de cocaína y maletas llenas de dólares hacia Colombia.

Sus rutinas eran simples: salía a trotar con un escolta y su perro, mientras intentaba pasar inadvertido.

Sin embargo, un informante lo delató. Finalmente, lo arrestaron en un exclusivo resort de La Ceiba, en una operación conjunta entre la Policía colombiana y la hondureña.

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Honduras, estratégico en la ruta del narco

Honduras no solo fue un punto de paso; se convirtió en un nodo estratégico del narcotráfico internacional.

Un lugar donde los capos encontraron no solo pistas para sus aviones, sino un sistema lo suficientemente frágil como para operar con relativa impunidad.

Y mientras los cielos sigan abiertos y la corrupción no se enfrente con firmeza, el país seguirá siendo, para los narcos, el aeropuerto más conveniente de Centroamérica.