En Honduras, la escuela ya no compite solo con el desinterés o la falta de acceso para los alumnos: compite con el hambre, con la urgencia de sobrevivir y con la decisión familiar de migrar.
Más de 1.1 millones de niños y adolescentes están fuera del sistema educativo en 2026, una cifra que, según el dirigente magisterial Giancarlo Yánez, expone una crisis que se arrastra, pero que ahora se profundiza bajo el peso de la economía.
Yánez advierte que el abandono escolar ya no puede leerse como un fenómeno aislado del sistema educativo, sino como el reflejo directo de un país donde el costo de vida asfixia a los hogares.
En ese escenario, estudiar deja de ser prioridad cuando el ingreso no alcanza y cuando la necesidad obliga a tomar decisiones inmediatas.
“Muchos alumnos prefieren trabajar en vez de estudiar”, señala, describiendo una realidad donde la elección no es libre, sino impuesta por la precariedad.
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Alumnos en las calles, aulas vacías
La pobreza empujó a miles de menores a abandonar las aulas para incorporarse a actividades informales en las calles.
La imagen se repite en rotondas, semáforos y mercados, donde niños que deberían estar en clases buscan ingresos para sostener a sus familias.
El dirigente magisterial describe una escena que se volvió cotidiana: padres que, ante la falta de recursos, optan por sacar a sus hijos del sistema educativo y enviarlos a trabajar o incluso a pedir.
Esta decisión, lejos de ser individual, revela una falla estructural donde el Estado no logra contener el impacto de la crisis económica en la educación.
A esto se suma la migración, que fragmenta hogares y deja a menores sin acompañamiento escolar.
Cuando los padres se van o cuando las familias completas emprenden el viaje, la escuela queda atrás como una prioridad imposible de sostener.

Escuelas sin condiciones, estudiantes sin incentivos
El abandono escolar también encuentra terreno fértil dentro del propio sistema educativo.
Yánez señala que la falta de condiciones adecuadas en los centros educativos termina por desmotivar a los alumnos, quienes no encuentran en las aulas un espacio que les garantice aprendizaje ni bienestar.
Problemas como el retraso en la entrega de la merienda escolar, las fallas en la matrícula gratuita y las debilidades pedagógicas agravan la situación.
“Un niño que no recibe alimentos no puede ser un buen estudiante”, advierte, el dirigente.

Más presupuesto
Aunque el presupuesto destinado a educación aumentó, el problema, según el dirigente, no radica únicamente en la cantidad de recursos, sino en su ejecución.
La distancia entre lo aprobado en papel y lo que realmente llega a las aulas sigue siendo una de las principales debilidades del sistema.
“Siempre hay un buen presupuesto para educación, pero lastimosamente no llega a las aulas de clases”, concluye Yánez.
La deserción escolar, en este sentido, no es solo un indicador educativo, sino un síntoma de un país donde la pobreza, la migración y la falta de políticas efectivas están dejando a toda una generación fuera del futuro que prometía la escuela.
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