En Honduras, cuando el sargazo llega a la costa comienza una carrera para sacarlo. En México, la apuesta empieza antes: conocer dónde está, cuánto viene y qué se puede hacer con él.
La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la forma de enfrentar una amenaza que dejó de ser excepcional en el Caribe.
En febrero de 2026, grandes acumulaciones cubrieron sectores de Roatán y obligaron a movilizar maquinaria para recuperar las playas.
Meses después, el problema apareció con fuerza en Omoa y Puerto Cortés. En algunos sectores de Puerto Cortés, las capas de sargazo alcanzaron hasta 70 centímetros de espesor.
Las cuadrillas municipales recurrieron a maquinaria pesada para retirarlas y transportarlas.
La respuesta inmediata era inevitable: había que liberar las playas. Pero la experiencia que desarrolla México plantea otra pregunta para Honduras: ¿qué ocurre con todo ese material después de recogerlo?
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México dejó de ver el sargazo únicamente como basura
Una investigación financiada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) cambió la manera de entender el sargazo en el Caribe mexicano.
Durante dos semanas, una expedición científica recorrió 1,920 millas náuticas, instaló 48 estaciones oceanográficas y registró 982 acumulaciones de sargazo.
Los investigadores determinaron que el peso promedio de la biomasa era de 9.76 kilogramos por metro cuadrado, casi tres veces el parámetro utilizado históricamente para calcularla mediante imágenes satelitales.
Pero México no solamente quiso saber cuánto sargazo tenía frente a sus costas,, sino qué había dentro de esa enorme masa flotante y qué posibilidades económicas podía ofrecer.
El sargazo mexicano contiene carbono, nitrógeno y, dependiendo de la especie y ubicación, concentraciones importantes de fósforo.
Esos componentes abren posibilidades para utilizarlo como insumo agrícola. También se estudia su aprovechamiento para producir biogás, biochar y derivados utilizados por las industrias alimentaria, farmacéutica y cosmética.
México dio además un paso regulatorio: incorporó el sargazo en su Carta Nacional Pesquera.
Así reconoció su potencial como recurso y abrió la posibilidad de avanzar hacia un aprovechamiento regulado.
Así, una masa que obliga a gastar dinero para retirarla comienza a estudiarse también como posible materia prima.

Honduras todavía corre
En Honduras, el problema ha mostrado durante 2026 que puede moverse por diferentes puntos del Caribe.
Roatán encendió las alarmas en febrero, la llegada masiva alcanzó uno de los principales corredores turísticos del país y obligó a desplegar maquinaria y jornadas de limpieza.
En septiembre, toneladas aparecieron en Omoa y los pescadores advirtieron dificultades para navegar, trabajar con sus equipos y realizar sus faenas habituales.
También surgió preocupación por los posibles efectos sobre el turismo y la vida marina.
La amenaza se extendió hacia otros sectores del litoral, Copeco llegó a advertir riesgo de acumulaciones entre Puerto Cortés y Omoa, sectores de Colón e Islas de la Bahía debido a las corrientes y los vientos en el Caribe.
El problema, entonces, ya no consiste únicamente en recuperar una playa después de una llegada extraordinaria.
Honduras necesita prepararse para un fenómeno capaz de repetirse y desplazarse.
Honduras ya comenzó a mirar más allá de la limpieza
El país tampoco parte completamente de cero y en agosto, 17 instituciones públicas, municipalidades, empresas y organismos de cooperación comenzaron a articular una respuesta nacional.
La estrategia contempla monitoreo, contención y recolección, pero introduce un elemento importante: buscar alternativas para aprovechar la biomasa retirada de las costas.
Incluso existe investigación hondureña sobre posibles usos en una tesis presentada en 2023 en la Universidad Nacional de Agricultura, en Catacamas, Olancho.
Se evaluó algas del género Sargassum como alternativa de fertilización orgánica para el cultivo de pepino.
La discusión sobre aprovechar el sargazo, por tanto, no resulta completamente ajena al país.
Lo que falta es pasar de investigaciones y planes a determinar qué cantidad puede recuperarse, con qué calidad y para cuáles usos sería viable.

Recogerlo tarde también le resta valor
México encontró otro elemento que puede resultar clave para Honduras: esperar que el sargazo se amontone en la arena podría ser precisamente parte del problema.
El BID señala que la biomasa comienza a deteriorarse rápidamente después de llegar a tierra.
La descomposición puede comenzar en menos de 48 horas bajo condiciones tropicales y la ventana para determinados usos industriales puede reducirse a apenas 48 o 72 horas.
Por eso México trabaja también en modelos predictivos y los investigadores combinan información sobre corrientes, profundidad y ubicación para intentar conocer las rutas de desplazamiento y eventualmente interceptar el sargazo antes de que alcance las playas.
El cambio es sustancial: pasar de esperar la llegada con maquinaria en tierra a intentar saber cuándo viene, por dónde llegará y qué hacer con él.
Tampoco todo sirve
Convertir esa biomasa en negocio, sin embargo, no consiste simplemente en recogerla y llevarla a una fábrica.
El propio BID advierte que el material puede contener metales pesados y otros contaminantes que limitan algunos usos.
Además, la cantidad disponible cambia, la calidad no siempre es uniforme y el sargazo se deteriora rápidamente.
Esa combinación explica por qué numerosos proyectos del Caribe permanecen todavía en etapas piloto.
También existe otra frontera que no puede ignorarse, las masas flotantes son ecosistemas.
La expedición mexicana encontró más de 870 organismos por cada kilogramo de sargazo, entre ellos crustáceos y peces juveniles.
Retirarlo indiscriminadamente del mar podría destruir hábitats que también resultan importantes para las pesquerías.
Aprovecharlo exige entonces saber cuánto retirar, dónde hacerlo, cuándo recogerlo y para qué utilizarlo.

Una experiencia que podría cruzar el Caribe
Lo que México desarrolla tampoco fue pensado exclusivamente para sus costas, el BID impulsa un proyecto de manejo integrado del sargazo para el Gran Caribe que alcanza a más de 20 países afectados.
La iniciativa contempla modelos predictivos, sensores, boyas inteligentes, laboratorios para controlar metales pesados y marcos regulatorios que permitan desarrollar cadenas productivas.
Los protocolos desarrollados en México son considerados un punto de partida para construir un sistema que pueda replicarse en otros países del Caribe.
Ahí aparece la oportunidad para Honduras, el país ya sabe cuánto puede costar esperar que el sargazo llegue a la arena: playas cubiertas, pescadores con dificultades, maquinaria trabajando y destinos turísticos corriendo contra el tiempo para recuperar su imagen.
México intenta responder una pregunta diferente, no solamente cómo sacar el sargazo.
También cómo evitar que toneladas de una posible materia prima terminen convertidas únicamente en toneladas de desperdicio.
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