Sofía y Miriam tienen 15 y 10 años, respectivamente. Son hijas de Saraí y su esposo, una pareja hondureña que vivía cerca de La Ceiba y que lo dejó todo cuando supo que una organización criminal intentaría llevarse a sus hijas. El horror de la trata de personas se cernía sobre ellas como una sombra imposible de ignorar.
Ante el miedo real de perderlas, la familia decidió huir. Recorrieron kilómetros hasta llegar a Reynosa, Tamaulipas, México, pensando que sería un paso más hacia la seguridad. Pero encontraron otro infierno.
La trata los llevó a Reynosa
Llegaron en diciembre de 2024, justo cuando aún era posible solicitar cita en la app CBP One para ingresar legalmente a Estados Unidos. Pero no la consiguieron. No había lugar para ellos. Nadie los esperó.
Los dejaron cerca de un albergue, pero no les permitieron la entrada. Los cárteles que operan en Reynosa también marcan territorio en los albergues, y su presencia era una amenaza.
Así, la familia quedó varada a orillas del Río Bravo, sin techo, sin comida, sin protección, rodeados de otros migrantes también abandonados por el sistema.
Allí, una organización religiosa sin fines de lucro, Practice Mercy Foundation, los encontró. Desde entonces, son su único sostén.
La fe como escudo de hondureños que huyeron
Alma Ruth, fundadora y directora de la organización, cruza la frontera semanalmente para asistir a la familia.
Les lleva alimentos, artículos de higiene, atención médica, apoyo espiritual, y lo más importante: les ha devuelto la esperanza.
Consiguieron alquilar una pequeña casa en Reynosa, pero el miedo no se va. “Tienen dos hijas hermosas, lo que las pone en mayor riesgo aún, porque pueden ser secuestradas”, advirtió Alma.
Reynosa es una ciudad bajo control del crimen. El Departamento de Estado de Estados Unidos clasifica a Tamaulipas como zona de Nivel 4: prohibido viajar.
Señala que los tiroteos, secuestros, extorsiones y asesinatos son comunes. La policía local tiene capacidades limitadas, y los cárteles actúan con impunidad.
Saraí apenas sale de casa. Las niñas ya no juegan. La familia vive confinada por temor a que el mismo destino del que huyeron las alcance aquí.
Monterrey, un nuevo comienzo
La organización ahora busca reubicarlos en Monterrey, a 217 kilómetros de Reynosa, donde podrían obtener permisos de trabajo y reconstruir su vida.
“Aunque está cerca, es mucho más seguro. Allá podrían vivir con más dignidad”, explicó Ruth.
Mientras tanto, la Iglesia Metodista Unida de San Marcos en McAllen, Texas, donde Ruth fue predicadora invitada, organizó una colecta especial para apoyar a esta y otras familias migrantes.
Gracias a ese respaldo, las niñas ahora reciben arteterapia, y un estudiante de doctorado trabaja con ellas en terapia emocional y educativa.
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Salvar la infancia de la trata de personas
“Me enfoco en esta familia para mantenerla a salvo. Estoy preocupada por sus hijas. Como mujeres, todo se complica cuando hay niñas en riesgo. Por eso creo que debe ser una prioridad para nosotros, como sociedad, proteger vidas, especialmente las de los niños”, expresó Alma Ruth.
Esta familia necesita algo más que compasión: necesita una salida real, segura y digna. En medio del abandono institucional y la violencia fronteriza, el esfuerzo de una mujer y una comunidad es, por ahora, su única red de protección.
Huyeron de la trata y cayeron en el miedo, pero no en el olvido. Esta historia no solo retrata el drama de una familia hondureña.
Retrata también, la urgencia de una respuesta humana frente al crimen que más vidas roba en silencio: la trata de personas. La lucha por salvarlas continúa.
