La Navidad de 2018 no llegó con luces ni celebraciones para Paula Restrepo. Dentro de una celda en la cárcel de El Progreso, lo que encontró fue un círculo de hombres que, según su relato, no buscaban custodiarla, sino someterla. Eran militares.

Aquella noche, cuando estaba a punto de recuperar la libertad, vivió uno de los episodios más violentos de una década que ella describe como "un infierno".

Cuenta que la rodearon, que intentaron doblegarla, que la golpearon hasta dejarla sin fuerzas y que, cuando no lograron someterla, tomaron el cable de un ventilador para intentar ahorcarla.

No lo narra como un hecho aislado, sino como la confirmación de algo que entendió desde su llegada: sobrevivir allí dependía de resistir.

“Me ahorcaron, me volvieron una m… pero no me dejé”, recuerda. Su voz no busca lástima, solo busca que se escuche.

Paula Restrepo no cuenta su historia con distancia, la cuenta con rabia, con memoria y con una claridad que incomoda.

Diez años en cárceles hondureñas le bastaron para sacar una conclusión que repite sin titubeos: lo que vivió no fue un exceso, fue un sistema.

“En todas las cárceles del mundo hay corrupción… pero las de Honduras son el colmo del descaro, el colmo del abuso. Conmigo hicieron allá lo que les dio la gana”, dice.

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Paula, las cárceles y el sistema de abusos

Paula insiste en que la violencia que enfrentó no provenía de otros reclusos, sino de quienes tenían el control.

Desde el primer día, dice, fue blanco de abusos, amenazas e intentos de violación que atribuye directamente a autoridades.

“Ellos creían que yo me iba a dejar… pero no pudieron”, dice.

Su testimonio dibuja un escenario en el que la corrupción no es un exceso ocasional, sino una estructura que, según ella, permitió que los abusos se repitieran sin consecuencias.

Muertes que no fueron accidentes: Paula Restrepo

Cuando Paula Restrepo habla de lo que vivió, su historia no se queda en los abusos que denuncia en carne propia. Su relato se expande hacia otros episodios de muertes.

Uno de esos casos es el del piloto colombiano Juan de Jesús Cristiansen Vélez, a quien dice lo mataron en la cárcel de San Pedro Sula.

“A otros colombianos los asesinaron dentro de la cárcel con el beneplácito de ellos. Murieron dos. Un capitán de una aeronave que cayó con 500 kilos de cocaína, el capitán Juan Cristiansen… lo asesinaron dentro del penal por orden de un político hondureño, que era el dueño de la carga que llevaba”, afirma.

Y remata sin titubeos: “Lo asesinaron. Soy testigo de eso y muchas otras personas son testigos de eso”.

colombiano

El segundo caso que menciona es el de Sierra Cuervo, cuyo deterioro de salud, según su relato, se agravó dentro del sistema penitenciario.

Sierra Cuervo era otro ciudadano colombiano detenido el 29 de septiembre de 2010 en posesión de 180 mil dólares, por lo que fue acusado por lavado de activos.

“Le detectaron un cáncer… el coronel del ejército, Víctor Saravia, en San Pedro Sula, no lo dejó salir a hacerse sus quimioterapias porque exigía plata para que él pudiera salir”, sostiene.

Según cuenta, la única forma en que Sierra Cuervo logró salir del país fue gracias a que otro recluso financió un vuelo privado.

Se “pagó un charter que costó como 50 o 60 mil dólares para mandarlo a Colombia… y el mismo día que llegó a Colombia murió”, relata.

Pero su señalamiento no se detiene ahí. Paula vincula directamente ese desenlace con decisiones dentro del penal.

“Ese coronel… no lo dejaba salir a hacerse sus tratamientos de quimioterapia. Ese coronel intentó violarme a mí, me mandó a golpear, ese mismo mató a Jaime”, afirma.

La colombiana narra lo vivido en prisión.

Una lista de nombres y una promesa

Hoy, lejos de Honduras, Paula habla con otra posición. Ya no está encerrada, pero dice que el miedo no desaparece del todo, aun así, asegura que no piensa callar.

“Los voy a descubrir a todos… nombres, apellidos. Tengo pruebas de todos los abusos que cometieron conmigo allá”, advierte.

Afirma que en esa lista hay coroneles del ejército y miembros de la policía y que no es solo su caso.

“En Honduras no puede seguir pasando que abusen de todo el mundo, abusan de los propios hondureños”, dice.

Del encierro a la denuncia internacional

Su siguiente paso es llevar su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, donde buscará que lo que vivió no quede en testimonio, sino en una resolución.

También prepara una serie para Netflix y ya publicó un libro. No lo plantea como un cierre, sino como otra forma de exponer lo ocurrido.

Paula recuperó su libertad tras reformas legales, pero no pudo salir de Honduras de inmediato.

La pandemia la obligó a quedarse un año más, refugiada en La Lima, donde incluso vivió los efectos de los huracanes.

“Logré salir el 22 de diciembre del 2020… no había vuelos, no había nada”, recuerda.

Cuando finalmente regresó a Colombia, pensó que el encierro había terminado. Pero asegura que las amenazas continuaron. “Estoy aquí… y los reto. No les tengo miedo”, dice.

Hoy su historia no pide compasión, exige atención. Porque detrás de su voz hay una advertencia: lo que ocurre dentro de las cárceles no siempre se queda ahí.

Y esta vez, alguien decidió contarlo.

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