Juan Ramón Molina salió de Honduras en medio de conflictos políticos y nunca regresó con vida. La muerte lo alcanzó en San Salvador, cuando apenas tenía 33 años.

Era noviembre de 1908 y el poeta hondureño, reconocido como una de las grandes figuras del modernismo centroamericano, dejó una obra que trascendería su corta existencia.

Su cuerpo quedó sepultado en territorio salvadoreño y pasarían casi diez años antes de que Honduras recuperara sus restos y le rindiera honores.

Detrás de aquel regreso había una vida de talento, rebeldía, encarcelamientos y una estrecha relación literaria con Rubén Darío.

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Juan Ramón Molina: la pluma que desafió al poder

Nacido el 17 de abril de 1875 en Comayagüela, Molina encontró en la poesía y el periodismo dos caminos para expresar su pensamiento.

Su formación intelectual lo llevó a Guatemala, donde participó en círculos literarios y comenzó a desarrollar una escritura vinculada al modernismo.

En Honduras fundó El Diario de Honduras en 1899 y convirtió el periodismo en una plataforma para expresar sus posiciones políticas.

Su carácter crítico le costó la libertad y en 1900, durante el gobierno de Terencio Sierra, fue encarcelado por sus cuestionamientos al poder.

La política también lo llevó a participar en enfrentamientos armados y durante la revolución de 1903 alcanzó el grado de coronel.

Pero su nombre comenzó a conquistar reconocimiento más allá de Centroamérica. En 1906 coincidió con Rubén Darío durante un viaje a Brasil, donde presentó su célebre poema Salutación a los poetas brasileños.

Una conocida anécdota literaria relata que Darío quedó tan impresionado con la composición del hondureño que rompió el poema que preparó.

La admiración del nicaragüense reflejaba el talento de Molina, cuya poesía exploraba la naturaleza, la existencia humana y las posibilidades del lenguaje.

Sin embargo, los conflictos políticos volverían a cambiar su destino y en 1907, tras los acontecimientos que provocaron la caída del gobierno de Policarpo Bonilla, Molina terminó exiliado en El Salvador.

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El exilio y una muerte rodeada de versiones

En San Salvador, el poeta continuó vinculado al periodismo y participó, junto con Julián López Pineda, en la creación de la revista Ritos.

Sus últimos meses estuvieron marcados por dificultades personales y una comunicación constante con su amigo Froylán Turcios.

Turcios relató posteriormente que Molina le escribía con insistencia para pedirle que viajara a visitarlo.

En agosto de 1908, atendió aquellas solicitudes y llegó a San Salvador y ese fue uno de sus últimos encuentros.

Pocos meses después, la noticia de su fallecimiento estremeció a los círculos literarios centroamericanos.

Las fuentes históricas presentan diferencias sobre la fecha exacta de su muerte. Algunas registran el 1 de noviembre de 1908 y otras el día 2.

También existen distintas versiones sobre las circunstancias del fallecimiento, algunas referencias biográficas mencionan una sobredosis de morfina y la posibilidad de un suicidio.

Otras relacionan su situación personal con la pérdida de una hija, pero ninguna se confirmó.

Molina recibió sepultura en la tumba número 1639 del Cementerio General de San Salvador.

Su muerte dejó dispersos numerosos poemas y escritos publicados en periódicos y revistas.

Froylán Turcios emprendió entonces la tarea de reunir parte de aquella producción en Tierras, mares y cielos, obra póstuma fundamental para preservar su legado.

El regreso a Honduras después de casi diez años

Mientras sus versos circularon, los restos de Molina permanecían en territorio salvadoreño.

En 1918, durante el gobierno de Francisco Bertrand, se organizó finalmente su repatriación.

El 3 de marzo de aquel año se exhumaron sus restos del Cementerio General de San Salvador para iniciar el traslado a Honduras.

El acontecimiento estuvo acompañado de homenajes y reconocimientos a su trayectoria literaria.

Una crónica histórica relata que sus restos recibieron honores en Tegucigalpa, donde también permanecieron en capilla ardiente en el Teatro Nacional Manuel Bonilla.

Finalmente, el Cementerio General de Tegucigalpa se convirtió en su lugar definitivo de descanso.

Décadas después, su sepultura volvió a despertar preocupación y en noviembre de 2008, durante el centenario de su fallecimiento, una visita universitaria puso de manifiesto el deterioro de su tumba.

El episodio recordó la importancia de conservar los espacios vinculados con las grandes figuras de la cultura hondureña.

A 118 años de su muerte, Juan Ramón Molina permanece entre los escritores fundamentales del modernismo centroamericano.

Su poesía sobrevivió al encarcelamiento, las confrontaciones políticas y el destierro.

Murió lejos de Honduras, regresó casi diez años después y encontró en sus versos una permanencia que ninguna frontera pudo impedir.

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