¿Keyla Martínez quería morir? Esa pregunta volvió al centro del Juicio Keyla, la repetición del proceso contra Jarol Perdomo por su muerte.
Desde que apareció sin vida dentro de una celda policial en La Esperanza, la interrogante persigue el caso, pero esta vez llegó al tribunal no desde las sospechas, sino desde tres disciplinas forenses que escarbaron en su mente, su personalidad y la vida que llevaba antes de aquella madrugada.
Desde la psiquiatría se buscó trastornos mentales, depresión, ansiedad, desesperanza e ideas de muerte.
A través de la psicología se examinó su personalidad, comportamiento y proyectos. Y el análisis de trabajo social reconstruyó su entorno familiar, económico, laboral y comunitario.
Las tres miradas llegaron el 14 de agosto de 2026, a la repetición del juicio por el femicidio de Keyla Martínez, que se sigue contra el policía Jarol Perdomo.
Y lo que expusieron ante el tribunal dejó un punto difícil de ignorar: ninguno de esos análisis encontró elementos que indicaran que Keyla atravesó un cuadro psicopatológico o manifestara ideas o comportamientos suicidas antes de morir.
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Juicio Keyla: la psiquiatría buscó señales en sus últimas 12 semanas
El primero en entrar a ese terreno fue Juan Carlos Munguía Hernández, psiquiatra forense de Medicina Forense.
Su trabajo tuvo una particularidad: no podía sentarse frente a Keyla, escucharla ni evaluarla directamente. Debía reconstruir su estado mental después de su muerte.
Se trató de una autopsia psiquiátrica forense, practicada a requerimiento de la Agencia Técnica de Investigación Criminal (ATIC) bajo el supuesto de que Keyla fue víctima de suicidio.
Para hacerlo se recurrió a información obtenida mediante entrevistas con personas que convivieron con ella, entre ellas una licenciada en Enfermería y compañera de trabajo.
La lupa se colocó especialmente sobre las últimas 12 semanas de su vida y Munguía explicó que en ese período no encontró indicios razonables de trastornos del estado de ánimo, como depresión mayor, trastorno distímico (una forma de depresión crónica y continua) o bipolaridad.
Tampoco encontró trastornos de ansiedad, crisis de angustia, fobia social, estrés agudo, ansiedad generalizada o ansiedad inducida por sustancias.
La búsqueda fue todavía más lejos: según su exposición, tampoco aparecieron evidencias de trastornos psicóticos, problemas de control de impulsos o trastornos de personalidad.
Pero había una pregunta todavía más delicada: ¿Habló Keyla de morir?
Según el psiquiatra forense, no. “Nunca manifestó ideas de minusvalía, desesperanza, muerte, suicidio, ni sentimientos de inferioridad o frustración”.
El retrato que obtuvo de las entrevistas fue otro: una mujer segura de sí misma, extrovertida, ecuánime, disciplinada, diligente, empática y solidaria.
También describió a una persona con metas y aspiraciones personales y profesionales que consideró congruentes con su realidad.
Su conclusión fue: “no existe evidencia de trastorno mental manifiesto”.
La psicología hurgó en su personalidad
Después llegó una segunda mirada y fue la de Gustavo Adolfo Amador Mejía que expuso el análisis desde la psicología forense.
Allí ya no se trató únicamente de buscar un trastorno, sino de reconstruir quién era Keyla Martínez antes de su muerte.
El perfil descrito durante la audiencia reunió características como organización, liderazgo, determinación, entusiasmo, competitividad, flexibilidad y empoderamiento.
También apareció una Keyla cuidadosa con sus recursos, protectora de su familia, dedicada a su profesión y servicial con sus pacientes.
El análisis señaló que disfrutaba momentos de soledad e introspección y que, al establecer contactos iniciales, podía mostrar timidez y cautela ante figuras del sexo opuesto.
En el trabajo, según lo expuesto, aquellas características podían traducirse en atención a las reglas, seguimiento de protocolos, cumplimiento de horarios y capacidad para asumir puestos de jefatura en enfermería.
Fuera del hospital tenía vida social: café, convivios con compañeros y actividades recreativas formaron parte de ella.
Los psicólogos concluyeron que presentaba una estructura estable de personalidad y que no encontraron una alteración psicopatológica que afectara su comportamiento, pensamientos o sentimientos relacionados con actos suicidas.
Dos disciplinas miraron hacia adentro, pero faltaba mirar a su alrededor.

La tercera mirada salió de su mente y entró a su vida
Gonzalo Darío Casco Espinoza abordó el caso desde el trabajo social forense. Su análisis llevó al tribunal hasta la casa donde vivía Keyla en el casco urbano de La Esperanza, Intibucá; a su familia, sus compañeros de trabajo, su comunidad y sus condiciones económicas.
Según lo expuesto, la vivienda pertenecía a su madre, tenía todos los servicios básicos y reunía condiciones adecuadas para vivir.
Keyla creció junto a sus padres y hermanos. Para el momento de los hechos vivía con su hermana menor, mientras su madre y hermanos mayores residían en el extranjero.
Las entrevistas dibujaron una relación familiar cercana, Casco explicó que era querida por sus familiares y conocida en su comunidad como una persona educada, sociable y dispuesta a ayudar.
En su trabajo ocurrió algo similar: sus compañeras la describieron como respetable, buena compañera y buena jefa cuando debía ejercer esa responsabilidad.
Tenía ingresos para cubrir sus necesidades, trabajaba y también recibía apoyo de familiares.
El análisis social tampoco encontró antecedentes de consumo de drogas; el consumo de bebidas alcohólicas fue descrito como ocasional.
Entonces apareció nuevamente la pregunta del suicidio y de acuerdo con Casco, los entrevistados dijeron no observar depresión, tristeza ni señales que les hicieran pensar que Keyla Martínez quisiera quitarse la vida.
Para quienes formaban parte de su entorno, aseguró el perito, ocurría precisamente lo contrario: la veían feliz.

Tres caminos llegaron al mismo punto
Una disciplina buscó dentro de su estado mental, otra reconstruyó su personalidad y la tercera salió a buscar respuestas entre su familia, trabajo, casa y comunidad.
No son análisis idénticos ni responden desde la misma especialidad, pero las conclusiones expuestas coincidieron en un aspecto central: no encontraron en la vida de Keyla una alteración mental, ideas de muerte o señales previas de conducta suicida.
Ese hallazgo adquiere peso dentro de un juicio que intenta determinar qué ocurrió realmente aquella madrugada dentro de la posta policial.
Los peritajes colocan una pieza más sobre la mesa: los especialistas reconstruyeron hacia atrás la vida de Keyla, no hallaron el rastro suicida que fueron a buscar.

El Ministerio Público terminó de mostrar sus cartas
Con la comparecencia de los peritos, concluyó la evacuación de los medios de prueba presentados por el Ministerio Público.
La repetición del juicio por la muerte de Keyla Martínez todavía no termina. La próxima audiencia quedó programada para el viernes 4 de septiembre, a las 8:30 de la mañana.
En esa audiencia está previsto continuar con la evacuación de la prueba restante de la acusación privada y de la defensa técnica.
Cinco años después de aquella madrugada, el tribunal tendrá que valorar mucho más que el retrato de quién era Keyla.
Pero el 14 de agosto quedó dibujada una parte fundamental de esa historia: buscaron en su mente, en su personalidad y en la vida que construyó una señal de que quería morir.
Pero las tres miradas forenses expuestas ante el tribunal dijeron lo contrario, dijeron que Keyla era feliz.
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