Hay lugares donde la violencia no necesita aparecer en una estadística para hacerse sentir. Está en el desconocido que entra al pasaje, en la venta de drogas que todos identifican pero nadie se atreve a señalar, en los disparos que obligan a apagar las luces y en una regla que nadie escribió, pero todos aprendieron: ver, callar y sobrevivir.
Zoila —nombre utilizado para proteger su identidad— vive en uno de esos sectores. Cuenta que desde hace meses la venta de drogas en su pasaje comenzó a transformar la rutina de quienes habitan allí.
Primero fueron las peleas, después, la llegada cada vez más frecuente de individuos desconocidos.
Luego los disparos y también los muertos que, asegura, aparecen abandonados cerca de la colonia.
No ocurrió ayer ni comenzó con un hecho que repentinamente encendiera las alarmas. Lleva meses ocurriendo frente a ellos.
La diferencia es que allí casi nadie puede levantar la mano para denunciar. “Uno sabe lo que pasa, pero no puede decir nada”, relata.
El miedo no nace únicamente de presenciar un delito, sino de las consecuencias que podría tener intentar detenerlo.
Para Zoila y otros habitantes, denunciar no es visto como un acto ciudadano, sino como una decisión capaz de convertirlos en el próximo objetivo.
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Así, la violencia impone sus propias reglas de convivencia: saber a qué hora entrar, qué calle evitar, cuándo guardar silencio, a quién no mirar demasiado y qué cosas jamás comentar fuera de casa.
No son normas municipales ni aparecen en ningún reglamento, son reglas para seguir vivos.
Y mientras familias como la de Zoila aprenden a sobrevivir de esa manera, Honduras intenta resolver una aparente contradicción: los homicidios pueden bajar y, aun así, la maquinaria que produce violencia continuar funcionando.
Seis homicidios diarios pese a la reducción de la violencia
El director de la Policía Nacional, Rigoberto Oseguera Mass, sostiene que el país mantiene una reducción escalonada de los hechos violentos.
Sin embargo, el mismo diagnóstico policial permite dimensionar cuánto falta por desmontar.
Honduras registra actualmente alrededor de seis homicidios diarios, según el jefe policial, quien incluso advirtió que el año podría cerrar por encima de ese promedio dependiendo del comportamiento de la criminalidad.
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La cifra importa, pero detrás de ella aparece un problema más profundo y Oseguera Mass identifica entre los principales generadores de violencia, la presencia de estructuras delictivas.
Además de economías criminales vinculadas al tráfico de drogas y armas, violencia doméstica y reclutamiento de jóvenes por organizaciones criminales.
Son fenómenos diferentes, pero pueden terminar encontrándose en un mismo territorio.
El relato de Zoila permite observar uno de ellos desde la ventana de una casa: cuando un punto de venta de drogas se instala en una comunidad, alrededor pueden moverse compradores, distribuidores, desconocidos, disputas y amenazas.
El miedo termina haciendo el resto y la comunidad permanece allí. La denuncia, en cambio, desaparece.
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El silencio también deja espacio al crimen
Este es uno de los desafíos más difíciles para cualquier estrategia de seguridad: obtener información precisamente en los lugares donde hablar puede resultar más peligroso.
Una comunidad sometida por el miedo difícilmente se convierte de inmediato en los ojos y oídos de las autoridades.
Antes necesita confiar en que entregar información no terminará exponiéndola y por eso resulta relevante uno de los componentes anunciados por Oseguera Mass.
La nueva apuesta policial se sostiene sobre tres pilares: trabajo comunitario, inteligencia y un enfoque multisistémico.
Sobre el papel, los tres componentes apuntan precisamente hacia lugares como el que describe Zoila, el desafío comienza cuando esa estrategia toca territorio.
Porque pedir colaboración a una comunidad donde todos se conocen, los grupos criminales observan y una denuncia se interpreta como una sentencia.
Entonces obliga a resolver primero una pregunta práctica: cómo conseguir que la información salga del barrio sin poner en peligro a quien la entrega.
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Jóvenes: la cantera que preocupa a la Policía
Otro engranaje de esa fábrica permanece entre las principales preocupaciones policiales: el reclutamiento de jóvenes.
Oseguera Mass advirtió que muchas de las personas identificadas como presuntos autores materiales de delitos son de corta edad.
Esa es una señal de la capacidad que mantienen las estructuras criminales para incorporar nuevos miembros.
Allí la respuesta policial se encuentra con un problema que excede las capturas. Detener a quien ya cometió un delito atiende una consecuencia.
Por eso el jefe policial también habla de fortalecer el tejido social y no únicamente las capacidades operativas.
La disputa contra el crimen comienza entonces mucho antes del patrullaje: empieza en impedir que las organizaciones encuentren jóvenes disponibles para reemplazar a quienes pierden.

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Drogas, armas y violencia dentro de las casas
La violencia tampoco llega desde una sola dirección, a las economías criminales y las estructuras organizadas se suma, según Oseguera Mass, la violencia doméstica.
El funcionario citó dos hechos recientes que dejaron cuatro personas muertas, entre ellas dos funcionarios policiales y los presuntos agresores.
Para el director policial, estos episodios demuestran la necesidad de reaccionar rápidamente ante las denuncias y evitar que una amenaza termine sea un ataque.
La violencia que Honduras intenta reducir puede comenzar en un punto de drogas, alimentarse mediante el reclutamiento criminal, circular con un arma o explotar detrás de la puerta de una vivienda.
La batalla que comienza después de bajar la cifra
Oseguera Mass también considera necesario fortalecer a fiscales, jueces y demás operadores de justicia.
La apuesta es que Policía, Ministerio Público, Poder Judicial y otras instituciones aumenten conjuntamente su capacidad para responder frente a la criminalidad.
Una cosa es conseguir que mueran menos personas. Otra, mucho más compleja, es desmontar aquello que fabrica víctimas.
En el pasaje de Zoila esa diferencia se entiende sin necesidad de revisar una gráfica y mientras exista un lugar donde vender drogas resulte más sencillo que denunciarlas.
Porque la estadística puede bajar antes que el miedo y es allí donde la gente todavía tiene que aprender reglas para sobrevivir, la cifra comenzó a caer, pero la fábrica de la violencia sigue abierta.
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